La leyenda de la llorona

Leyenda, La Llorona

por fin encontramos a alguien que le sucedió

La Leyenda de La Llorona

Entre las leyendas mexicanas, la leyenda de la llorona es sin temor a equivocarme la más famosa, conocida en todo el mundo, hay infinidad de novelas, películas, obras de teatro y de literatura hay para rato.



La Historia de La Llorona

La leyenda de la llorona nos ubica en el México de la conquista en el que se cuenta que una mujer indígena tenía un romance con un español de alcurnia o por lo menos de un alto nivel en sociedad. El español quería bien a la muchacha indígena aunque por su posición no podía tener una relación regular con ella, tenían que verse a escondidas.

Así pasaron los años y esta pareja procreó tres pequeños hijos, el más grande no tendría arriba de 5 años, ella era una madre devota y amorosa que le dedicaba la vida al cuidado de sus pequeños, todo parecía estar bien hasta que el español se vio en la necesidad de relacionarse con una mujer “de su nivel” evidentemente uno de esos matrimonios que se organizan para reunir a dos familias fuertes en una doblemente fuerte, cuestiones de ese tipo, conocemos más de una historia que inició así.

Así que el español poco a poco veía menos a su clandestina familia, pasaba menos tiempo con sus pequeños hijos y se mostraba distante con su mujer indígena, hasta que un día dejó de aparecer, la mujer sabiendo que la situación del hombre no era la más sencilla, se dio a la tarea de buscarlo, tal vez con el afán de hablar con él o quién sabe, tal vez iba decidida a enfrentar de una vez por todas esa situación y a reclamar lo que era suyo.

Grande fue su sorpresa cuando se enteró que el español se había casado y ahora vivía a las afueras del pueblo con su esposa, con la que seguramente, pronto procrearía herederos.

La indígena loca de tristeza, desesperación, frustración y sobre todo de coraje; cargó contra los hijos que tuvo con aquel español que la había tratado como si fuera cualquier cosa, tomó a los tres pequeños en brazos abrazándolos con ese amor que ella les profesaba, se dirigieron al lago cercano a su casa, en donde los ahogó.

La indígena presa del dolor y la desesperación, también terminó con su vida ya que el remordimiento no la dejaba vivir, sin contar con la pena de saber que no volvería a ver a sus hijos, a escuchar sus sonrisas y jugueteos o a sentirlos entre sus brazos.

Luego de eso se dieron los primeros comentarios acerca de lo que se oía por las noches cerca del lago, mucha gente del pueblo aseguraba haber escuchado la voz de una mujer que sentía una terrible pena, gritando “¡aaay mis hijooos!” y de inmediato lo relacionaron a aquella que había matado a sus hijos y terminado con su vida por un amor que le pagó mal. Casi de inmediato, hubo quien seguró haberla visto “flotando” a la orilla del lago, era una mujer en un vestido blanco, largo, con abundante cabello más negro que la noche y un delgado velo cubriéndole el rostro.

Los primeros testigos eran hombres acostumbrados a moverse en esos rumbos y a esas horas de la madrugada, es decir, eran personas que conocían el área y sus sonidos, para ellos era fácil detectar cualquier actividad extraña en el lugar, fue hasta medio año después cuando el primer testigo de lo que ya era un motivo de susto en la zona, desapareció para luego ser encontrado en la orilla opuesta del lago, ahogado y con marcas de dedos en el cuello.

Ahí empezó el terror en la zona ya que se decía que esa mujer vestida de blanco aparecía caminando a la orilla del río en busca de hombres para ahogar, ya que un hombre había sido la causa de todas sus penas en vida, se empezó a conocer a esa mujer como “la llorona” por su inconfundible grito “¡aaaaaay mis hijoooos!” que producía terror a todo aquel que lo escuchara.



Algunas variantes de La Leyenda de La Llorona

En algunas variantes de esta leyenda se indica que “La Llorona” se le aparece a hombres que son infieles o maltratan a sus esposas, en otras se sostiene que simplemente es una alma en pena que en vida se volvió loca de dolor y su único objetivo es encontrar a sus hijos, no cobrar venganza y que no está consciente de que ya no forma parte del mundo de los vivos.

La leyenda de La Llorona contada de primera mano

Como ustedes bien saben en el Blog El Tepitazo, sacamos una leyenda cuando conseguimos un testimonio de primera mano, hoy es el caso de Luis Antonio Fernández Gil, un hombre de 72 años originario de Ecatepéc de Morelos (Estado de México) más concretamente de un lugar cercano a la parroquia de San Juan Bautista, que como todos sabemos, está a un lado de lo que fuera el Lago de Texcoco.

Don Toño, como todo el mundo lo llama, se acercó a El Tepitazo vía el Reporñero que tiene un amigo en común con él, para contarnos acerca de un hecho que le sucedió cuando a penas contaba con 9 años.

El Testimonio de Don Toño

Corría el año de 1956 cuando entonces Luis Antonio o “Toñito” llegó a vivir a la calle de Mantarraya, a unas cuantas cuadras de lo que hoy es su vivienda, en aquel entonces la mancha urbana no es lo de hoy día, había mucha menos concentración de gente y el lago era realmente un lago, no un gigantesco lote baldío.

Conforme fueron pasando los días, Toñito se hizo de algunos amigos del rumbo con los que pasaba las tardes jugando al “bolillo”, al “avión” o al trompo de madera y le pareció extraño que todos los niños sin excepción alguna se despedían a eso de las 7 de la tarde o antes, si la luz de día empezaba a flaquear temprano, suponía que era por lo solo del rumbo, Toñito antes de irse a Ecatepec con su familia vivía en la Tercera Calle de El Carmen, en la CDMX, acostumbrado al bullicio y a la gente, le era extraño lo lento que parecía pasar el tiempo en el estado.

Cierta tarde, Toñito traía ganas de jugar, como se dice coloquialmente “traía pila” y cuando a eso de las 7:30 se empezaron a despedir los muchachos Toñito dijo “¿Por qué no se quedan otro rato? Vamos a jugar un partidito de fucho, nomás voy por mi balón y regreso” Enseguida de haber pronunciado esas palabras, supo que había dicho algo malo, todos sus amigos se voltearon a ver de forma extraña y hasta incómoda, sólo uno de ellos de nombre “Beto” se animó a decir “no podemos salir de noche, nadie puede” y nada más, cuando intentó preguntar al respecto sólo recibió evasivas.

Si lo pensaba bien, una vez se metía, el lugar era extremadamente callado y tranquilo, no pasaban autos (de por sí no había muchos) no había vendedores y el único sonido que se podía percibir era el del pequeño campanario de la Parroquia de San Juan Bautista que entonces era a penas una capilla de medianas proporciones.

Al otro día Toñito se decidió a llegar al fondo de aquel asunto ya que le había extrañado mucho la forma en la que todos sus nuevos amigos habían evitado el tema, era como si “fueran grandes” al mostrar esos semblantes preocupados y esquivos, lo primero que hizo fue ir al taller a preguntarle a su papá.

-Oiga papá, hoy le pregunté a los muchachos que por qué no nos quedábamos otro rato a jugar, es viernes y mañana no hay escuela, pero todos se pusieron muy raros y me dijeron que no, fue Beto, me dijo que nadie podía salir de noche ¿Por qué me dijo eso?

-No sé, hijo, la gente aquí es muy rara, acuérdate que estamos en un pueblo esto no es la ciudad, la gente es muy supersticiosa.

Don Ramón Fernández, el padre de Beto era un hombre de acción al que nunca se le había visto en una iglesia o profesándole culto a nada más que al trabajo, no conocía otra vida y ni falta que le hacía, se había mudado con toda su familia al Estado de México impulsado por la idea de “un lugar para empezar” con el negocio de zapatos que había heredado de sus padres, en el centro de la CDMX ya la cosa estaba muy competida y prefirió intentar en un lugar nuevo, pero que al mismo tiempo, no le quedara tan lejos de la zona en la que vendían los repuestos para su máquina de coser y todos los insumos necesarios para su oficio.



-Se me hace bien raro papá, que todos los niños se metan a la misma hora ¿Te acuerdas en el Carmen? Nos quedábamos a jugar hasta tarde sin problema y eso que hay más gendarmes y gente que aquí.

-Sí, es cierto pero también hay que tener cuidado, me enteré de que hace como un mes, hallaron a un niño ahogado aquí cerquita, en el lago, por andar jugando de noche, y eso porque fui a entregar unos zapatos a una casa aquí a la vuelta y estaban haciendo la misa de un mes, me tuve que regresar con los zapatos y regresar más tarde, a lo mejor por eso es que se meten temprano…

-¿Pero te has fijado que nadie sale de noche? No solo los niños, o bueno, eso me dijo Beto, y yo ayer que puse atención, no escuché nada, ni un ruido, ni una persona en la calle, hasta me dio miedo de asomarme.

-Ahora que lo mencionas es cierto, todos mis repartos son a más tardar a las 6 de la tarde y el otro día que salí como a las 8 para la tienda, ya estaba todo cerrado, pensé que solamente eran flojos… Mira, no nos hagamos de ideas, seguramente es algún tema que no nos interesa, ya deja de andar de metiche y anda, ve a jugar.

Toñito salió a la calle y vio a Pablo y Federico, dos de sus amigos, sentados en la banqueta muy serios:

-¡Qué pasó muchachos! Traigo un peso para comprar lagrimitas y un refresco de naranja ¿quieren?

-No mano, ni ganas tenemos de movernos…

-¿Po’s ora’ qué mosco les picó? Andan de caras largas ¿Pasó algo?

-Sí mano, el papá de Benito… lo encontraron ayer ahogado en el lago, estamos esperando a la mamá de este (dijo Pablo señalando con la cabeza a Fede) para ir a darle el abrazo de pésame y acompañarlo un rato.

-… Qué mala pata… ¿Los puedo acompañar?

-Juega mano.

Toñito a penas iba a avisar a su casa para donde iría, cuando la mamá de Federico salió de la casa:

-¿Listos? Por favor, no quiero que pregunten nada, solamente van a acompañar a su amigo en este momento tan difícil… él necesita de ustedes que estén ahí y le hagan compañía, no necesita estar pensando en qué le pasó a su papá ¿Estamos?

-Sí mamá/señora/señora

-¿Tú quién eres?

-Me llamo Luis Antonio, señora, mucho gusto.

-Ah si, eres el niño nuevo, el hijo del zapatero de más allá ¿Cierto?

-Sí señora.

-Bueno pues vámonos y ya les dije, ni una sola pregunta.

“Ni una sola pregunta”, Toñito no estaba acostumbrado a eso, sus padres siempre lo alentaban a que preguntara y curioseara, según don Ramón, no había otra forma de aprender que esa, porque a uno se le queda en la cabeza lo que de verdad tiene interés y si preguntas es porque te interesa. Pero igual Toñito decidido a apoyar a uno de sus nuevos amigos, olvidó el tema de las preguntas y se enfocó en pensar qué iba a decir cuando viera a Benito, al llegar a la casa de éste, dos cuadras más hacia el lago, notó algo raro… Afuera de la casa olía como a esas flores naranjas que se usan en las ofrendas el día de muertos, pero el olor era muy intenso, estaba seguro de que al cruzar el portón de la casa de Benito, iba a ver muchísimas de esas flores en cubetas y arreglos que la gente que lo conocía le había mandado, Toñito ya había visto algo similar en el funeral de una de sus tías, aunque no habían de esas flores naranjas, sí que todo el lugar olía a flores.

Grande fue su sorpresa cuando al cruzar el portón, lo único que vio fue un cajón de muerto, cuatro cirios puestos en cada esquina del cajón y a penas unas cuantas flores puestas a los pies del cajón en una especie de tina de color azul, ni una sola de esas flores era de esas anaranjadas que su mamá usaba el día de muertos, además, el olor era muy intenso.

La mamá de Benito se puso a platicar con la mamá de Fede y los niños buscaron con la mirada a Benito, que estaba en la esquina de aquel velatorio improvisado, sentado en el suelo con la cabeza entre los brazos, el primero en acercarse fue Pablo.

-Quiubo mano, te venimos a dar un abrazo.

Benito alzó la cabeza, se levantó lentamente y los abrazó uno a uno como un autómata, sin apenas responder a las palabras que le dirigían sus amigos y que pretendían ser de aliento, luego, como si no  hubiera nadie ahí frente a él, se volvió a sentar en la esquina y posó su cabeza nuevamente entre sus brazos, los tres amigos se quedaron sin saber qué hacer y de nuevo Pablo dijo:

-Aquí vamos a estar, Benito, por si necesitas algo

Y fueron a sentarse en el sillón que estaba del otro lado de la sala, a la derecha del cajón.

Toñito no creía posible que no se dieran cuenta del olor tan intenso que emanaba de… no se sabía de dónde, era tanto que no había lugar en aquel cuarto que no apestara a esas flores anaranjadas, aunque ya se estaba acostumbrando, el olor seguía siendo un factor que distraía a Toñito, por fin se decidió a preguntarle a Pablo, ya que si bien la mamá de Fede les dijo que no preguntas, se refería obviamente a Benito, que era el que no estaba en condiciones de responder tonterías.

-Oye mano ¿Hueles eso?

-Cállate ¿Qué no te dijo la mamá de Fede que sin preguntas?

-Sí pero no preguntas a Benito ¿No?

-No preguntas es no preguntas.

-¿Pero no se te hace raro? Las flores que hay ahí ni siquiera…

-Ya, cállate, ven… vamos afuera

Ambos niños salieron a la calle (Fede se quedó en el sillón) y ya fuera del alcance de oídos indiscretos Pablo le dijo a Toño en tono muy serio:

-Aquí, casi todos los funerales huelen así, mi mamá dice que es por la forma en la que mueren las personas, pero no sé, no hagas más preguntas y mañana te llevo con el Padre Miguelito, él puede explicarte mejor.

-Juega Pablo, entonces yo ya pico de cera, mano.

-Sí, si preguntas de nuevo, no te llevo con el Padre Miguelito.

Ambos niños regresaron a la sala y se sentaron uno a cada lado de Fede, así estuvieron algunas horas hasta que dieron las cuatro de la tarde, hora en que la mamá de Fede se despidió no sin antes ofrecer su ayuda en cualquier cosa que la mamá de Benito necesitara y los cuatro salieron de ahí.



Llegando a su calle, la madre de Fede se metió y los dejó afuera, Toñito les contó:

-Yo sólo había ido a un funeral, el de mi tía Esmeralda, había más flores, más gente y estaban rezando, aquí vi que no rezan.

-No, eso es después de que entierren al señor, al otro día del entierro se hacen los rosarios, a eso de las ocho o nueve de la mañana.

-No, los rosarios son en la noche, dan café y pan dulce.

-Aquí son en la mañana, porque de noche nadie sale.

Toñito no quiso preguntar más, no sabía si el trato con Pablo se limitaba a no preguntar en la casa de Benito o no preguntar nunca, como fuera, quería conocer al Padre Miguelito para que le explicara porqué olía a flores anaranjadas en el funeral, sin que en éste, hubiera de esas flores.

Al otro día, a eso de las 10 de la mañana, se encontraron Toño y Pablo en la esquina de la casa de éste, que estaba sobre la misma calle que la Parroquia…

-Vamos a llegar, yo te presento al padre, es muy bueno y ya tú le preguntas todo lo que quieras saber, a mí no me metas.

-Sale…

-… Oye ¿Ya te enteraste de lo que le pasó al papá de Benito?

-No, nada…

-Dice mi mamá, que lo hallaron a la orilla del lago, que tenía unas marcas muy feas en el cuello y la cara entre morada y azul, que por eso no abrieron el cajón durante el velorio, se lo llevaron a enterrar hace como una hora… pobre del Benito.

-Sí hombre, no quisiera que mi papá se muriera ¿Te imaginas?

-Toca madera mano, que no nos pase.

Llegaron a la puerta de la parroquia y se pasaron, hacía como dos horas que dieron por terminada la primera misa del día, al entrar creyeron que el lugar estaba vacío y se dirigieron a la puerta del fondo, la que está a un costado del altar cuando una voz los detuvo.

-Niños ¿Qué necesitan?

Era el Padre Miguelito, un señor de esos a los que no se les puede calcular la edad, lo mismo pueden tener 140 años que 70, Toñito le calculó más de 80 porque su abuelita tenía 87 y caminaba casi igual, salvo que ella usaba un bastón y el Padre Miguelito no.

-Hola Padre ¿Cómo le va?

-Bien hijo, gracias ¿Cómo te has portado?

-Muy bien, Padre, seguí su consejo de rezar a dios para que no se me olviden tanto las multiplicaciones y me ha funcionado bien.

Miró de reojo a Toño para ver si éste se reía o hacía algún gesto, pero Toño mantuvo su mirada en el Padre Miguelito sin mudar el gesto, el padre volteó a verlo y dijo:

-Tú debes de ser Luis Toño ¿Cierto?

-ehhh sí Padre, cómo…

-Vivimos en un pueblo chico, Toñito, todos nos conocemos… ¿Qué los trae por aquí?

-Padre, lo que pasa es que ayer que fuimos a darle el abrazo a Benito… ya sabe… por lo que pasó con su papá, a Toño le extrañó alguna cosa y…

-¿El olor a cempasúchil?

-Sí ¡eso! (dijo Toño emocionado)

El Padre Miguelito hizo una mueca extraña, como de tristeza incómoda y los invitó a sentarse en la segunda banca frente al altar.

-Hijo, antes de explicarte lo que yo creo que provoca ese olor necesito saber… ¿Has notado ruidos extraños que vienen de la calle durante las noches?

-No Padre, todo lo contrario, ni un solo ruido.

-… Muy bien, pues según he investigado durante muchos años, ese olor proviene de la forma en la que la gente aquí, a orillas del lago de Texcoco; muere, le ha sucedido a varios hombres, algunos viejos, pocos niños y todavía menos mujeres o niñas, pero se han dado casos.

-¿O sea que toda la gente que vive aquí, huele así al morir?

-No, está relacionado con su forma de morir, no con el origen de la persona o del lugar en el que vive… Espero que entiendas hijo, que no te puedo dar muchos más detalles ¿Cuántos años tienes? ¿Ocho, nueve?

-Ocho Padre…

-Y si aún no has escuchado ruidos extraños provenientes de la calle, no tiene caso que te cuente más, basta con que sepas una cosa: Aléjate del lago, sobretodo por la noche, es peligroso… Y ven a misa más seguido, creo que llevas viviendo aquí un par de meses y no te he visto para nada en la misa.



-Sí padre, es que mi papá…

-Tu papá es una cosa, él eligió ser eso pero no porque él lo sea, lo vas a ser tú.

-Sí Padre… (dijo Toño molesto porque no le gustaba que hablaran así de su papá)

-No te enojes, Luis, me refiero a que tu papá se alejó de la fe, pero no por eso deja de ser hijo de dios, no es malo, es una persona honesta y trabajadora, además de muy educado, lo he encontrado en los pasillos del mercado y me saluda respetuosamente a pesar de que no es hombre de fe, eso habla bien de él y de tus abuelos.

Toñito más tranquilo formuló la pregunta que traía en la mente:

-Oiga Padre y ¿Cómo es que muere la gente que huele a esa flor naranja?

-Hijo, no te puedo explicar más, discúlpame pero ese no es mi papel, puedo decirte algo que le moleste a tus papás y con razón, no es tiempo todavía… Muchachos, se quedan en su casa, tengo que ir a preparar todo para bendecir la casa de su amigo Benito más tarde, si me disculpan

Y se fue luego de haberse despedido, Pablo y Toñito enfilaron rumbo a la casa del primero.

-Oye mano ¿Sabes a qué se refiere el Padre Miguelito con eso de los ruidos extraños en la noche?

-No, ni idea, aunque me acuerdo que el hijo del señor de la tienda decía algo de unos gritos o algo así, él también se ahogó en el lago, pero dicen que por andar borracho, que le robaba dinero a su papá y era mala persona, cuando lo encontraron tenía los billetes en la bolsa, se los robó uno de los camilleros del semefo.

Llegaron a la casa de Pablo y la mamá de este le pidió que le ayudara con las compras, por lo que los niños se despidieron y Toñito fue a ver si le podía ayudar a su papá en el taller.

-Hola papá ¿Le ayudo en algo?

-Bueno, estoy limpiando un poco, para no tener tanto relajo… ¿A donde fuiste hace rato con Pablo? Los vi muy misteriosos

Toñito no sabía si decirle, su papá no toleraba muy bien esos temas de la iglesia, decía que la religión es lo peor que le pudo haber pasado al ser humano, pero también sabía que decir la verdad era importante, don Ramón no soportaba que le mintieran, era muy inflexible en ese sentido.

-Fuimos a la iglesia, a que el Padre Miguelito me explicara unas dudas que tenía… pero creo que me dejó más dudas que respuestas.

-Miguelito… ¿Y cuáles son esas dudas? ¿A caso no pudiste venir a mi, que soy tu padre? Sabes que me debes de tener confianza ¿Cuándo te he mentido?

-Nunca, papá, pero de esas dudas ya le había preguntado y no me supo decir, por eso me animé a ir con el padre, Pablo me dijo que él sí sabría.

-¿Qué cosa?

-Por qué cuando fui a ver a Benito, cuando su papá se murió ¿Se acuerda? Olía mucho a esas flores anaranjadas que usa mi mamá para la ofrenda el día de muertos, pero no había ninguna flor de esas.

-… Eso es muy raro, pero tienes razón, el otro día que fui a llevar los zapatos a la casa del niño, creí haber olido cempasúchil, pero ya el olor era vago, me recordó Noviembre, las ofrendas y todo eso ¿Y qué te dijo el padre?

-Que era por la forma en la que la gente se muere aquí, le pregunté cómo era eso y me dijo que no me podía explicar porque todavía estaba muy niño… también dijo algo de que si escuchaba ruidos raros viniendo de la calle durante las noches.

-Bueno, por lo menos tiene el detalle de ahorrarte los detalles explícitos debido a tu edad… no sé si debería decírtelo, no sé si tengas la madurez mental que se requiere…

-Sí papá, dígame, yo sólo quiero saber por qué nadie sale de noche, por qué no se pueden hacer preguntas y porqué pasan esas cosas raras.

-Confío en que vas a tomar la información como lo que es; datos y habladas de la gente de aquí, no te creas nada de lo que te diga y tómalo así, como chismes…

-¡Juega!… Perdón… De acuerdo, papá.

-Pues aquí por más que la gente quiere ocultar todo, se saben cosas, he descubierto que mucha de esa gente se ha muerto ahogada en el lago, pero que aparecen con marcas en el cuello, marcas como las que dejarían un par de manos al tomarte por el cuello para mantenerte debajo del agua ¿Entiendes?

-… ¿Como si alguien los matara?

-Exacto, pero nunca se ha visto o sabido de nadie en los alrededores, además, pasa en toda la orilla del lago, no solo de este lado, las autoridades no hacen mucho al respecto, pero hay gente que se ha aventurado a buscar si hay alguien ahogando a cualquier incauto que salga de noche y se acerque al lago, pero regresan como locos, diciendo que vieron fantasmas, que se escuchan gritos y disparates por el estilo.

-… Pablo me dijo algo de que el hijo del señor de la tienda se murió ahogado y que escuchaba como gritos en la noche ¿Será eso lo que me preguntó el padre Miguelito?

-Puede ser, ya contigo (o Pablo que te dijo a ti) van tres personas que mencionan lo de los gritos en la noche.



Ambos, padre e hijo se quedaron cavilando mientras continuaban con la superficial limpieza, uno pensando en qué será eso de lo que hablan los esporádicos vigilantes y el otro pensando en cómo podría demostrarle a sus amigos que no había problema en permanecer afuera durante la oscuridad, al ir a dormir, Toñito tuvo una idea.

En la casa donde vivía la familia de Don Toño en aquel entonces tenía una distribución ideal para una casa/taller, en la parte superior, al frente de la casa se encontraba la sala y el comedor, que era lo único que daba a la calle, esta vez no se conformaría con escuchar lo que sucedía en la calle, quería verlo, después de todo, si afuera había ruidos extraños, ese sería el mejor punto para detectarlos.

Desde la ventana de la sala se veía el lago de Texcoco, aunque de noche no era más que una masa oscura que se extendía hasta donde alcanzaba la vista, sólo algunas de las luces de la orilla opuesta se apreciaban desde ahí, Toñito estuvo más de dos horas asomado a la ventana sin notar nada, ni ruidos ni nada extraño, ya había decidido ir a su cama a dormir cuando sintió un frío que le recorría la espalda hasta la última vértebra, al mismo tiempo que en el estómago sentía un vacío indescriptible, no de hambre o de vértigo, sino de terror.

Ese frío lo había causado una visión que tenía justo al frente, una señora que caminaba por la misma orilla del lago, pero el terror que sintió no derivaba de verla ahí sola, caminando por un lugar que podía ser peligroso o como decía su papá, en el que tal vez había alguien haciéndole daño a las personas, no, el terror provenía del hecho de que a pesar de la distancia que los separaba, Toño podía “oír” su respiración y su llanto, más que oírlo lo sentía dentro de él.

Quiso separarse de la ventana sin hacer ruido y aunque tenía ganas de llorar y salir corriendo, estaba petrificado, sólo pudo moverse cuando escuchó un grito de ultratumba, profundo, cargado de tristeza y dolor pero a la vez maniáco, envuuelto de una energía maligna:

“¡AAAAAY, MIS HIJOOOOOS!”

El grito lo arrancó del lugar en el que estaba y lo hizo correr rumbo a su cuarto como alma que lleva el diablo, tenía una sensación de terror y frío relacionada a esa figura, hubiera jurado que aquella mujer, sabía que la estaba viendo, no podría explicar cómo pero lo sabía…

A la mañana siguiente ya con el susto más digerido, Toñito se decidió a platicarle su experiencia a Pablo, que era en el que más confiaba y al que veía más abierto a hablar de ese tipo de cosas, al fin y al cabo Pablo lo había llevado con el Padre Miguelito, mucho más de lo que se puede decir de los demás que simplemente bajan la mirada y dicen “no te puedo decir nada”.

Cuando le platicó lo que había visto, Pablo le dijo:

-Ya la regaste, mano, no debías de estar vigilando la calle, ahora ya “la viste” y pronto vas a empezar a escucharla, tú solito te jodiste, ahora por favor, no te acerques mucho al lago si andas solo y ni se te ocurra salir de noche.

-¿Apoco es tan malo, mano? No creí que fuera para tanto

-Es que forzaste las cosas, vamos con el Padre Miguelito, él te puede ayudar más.

Al llegar a la Parroquia estaba el Padre dando misa, así que los niños decidieron quedarse ahí y esperar a que terminara. Cuando por fin el Padre Miguelito le dio permiso a los feligreses de irse a sus casas, Pablo y Toñito se acercaron lentamente al padre, que todavía estaba en el altar y se dirigía lentamente hacia la sacristía.

-¡Padre Miguelito!

-Pablo, muchacho ¿Cómo estás?

-Bien, Padre, vinimos porque este menso de Toñito… vigiló la calle la noche de ayer y… la vio.

El Padre Miguelito se detuvo en seco a medio camino entre el altar y la sacristía, lentamente volteó a verlos y con una mirada extraña les dijo:



-Vayan por agua bendita a la pila del fondo, se persignan con ella, rezan un padre nuestro y tres aves marías y luego los espero en la sacristía, anden, rápido.

Toñito al venir de una familia medio atea, no se sabía bien los resos, así que tuvo que seguir a Pablo repitiendo todo lo que decía, terminando de resar fueron a la sacristía en donde ya los esperaba el Padre.

-Cuéntame hijo ¿Qué viste ayer por la noche?

-Mas que ayer, Padre, fue hoy por la madrugada y… era no sé… como una señora que flotaba y brillaba… al principio no me di cuenta y creí que era alguien con una lámpara de aceite o algo así, pero luego me fijé y… estoy seguro de que era una mujer… vestida de blanco y estaba muy triste.

-¿La escuchaste?

-Creo que sí, Padre… aunque no vi que gritara (estaba algo lejos) escuché el alarido y sentí mucho miedo… salí corriendo para mi cuarto y cerré la puerta, estuve ahí mucho tiempo sin poder dormir y cuando me tranquilicé, me di cuenta de que su grito era triste, me dejó una sensación de tristeza en el cuerpo y tuve que llorar… pero no sé por qué, yo creo que por el susto.

-Yo, como representante de la iglesia, no debo de hablar de estas cosas, pero tampoco puedo negarle ayuda a los feligreses de mi comunidad, así que te contaré lo que sé y he recabado de muchos testimonios.

Se dice que a la orilla del lago, aparece el espíritu de una mujer, que busca a sus hijos…

-¡Sí! Algo decía de sus hijos en el grito que escuché.

-Esa mujer, es lo que probablemente lleva tantos años ahogando a las personas a la orilla del lago, su recorrido abarca la totalidad del borde y por lo que me cuentan, se ha llevado a niños creyendo que son sus hijos y a personas de más edad que… digamos que no llevan una vida muy respetuosa de los demás ¿Me entienden?

-Sí padre, como el hijo del señor de la tienda que le robaba a su papá, para poder emborracharse o el papá de Benito que… Pues dicen que le pegaba a su esposa y que tenía otra familia en la ciudad.

-Eso no lo sé, pero sí, encajan con el tipo de cosas que haría “enojar” a “la llorona”, porque así es como la llama la gente desde hace muchos años. Es importante, muchachos, que dejen el tema hasta aquí, no sigas espiando por la ventana, Toñito, no tiene caso provocar a esas fuerzas que escapan a nuestro entendimiento. Yo he pedido más de una ocasión ayuda a la catedral, al Cardenal y a diferentes autoridades, para poder venir y bendecir la zona o por lo menos, que ellos escuchen a la gente que me cuenta cosas y resuelvan hacer algo, pero no, no he conseguido que me tomen en serio.

-¿Ni después de tantas muertes?

-No… me han pedido que guarde silencio y no alimente los rumores… así que muchachos, les pido por favor no le cuenten esto a nadie, o por lo menos no a gente que no sea de su total confianza.

Los muchachos salieron de la iglesia con más preguntas de las que tenían al entrar, pero Toñito (que desde esa madrugada ya era “Toño”) tenía una idea.

-Voy a salir en la noche y la voy a buscar, dice mi mamá que a una alma en pena le tienes que ofrecer tu ayuda para que descanse en paz.

-No digas idioteces, Toño, recuerda cómo muere la gente aquí, por algo nadie sale de noche, tú tienes poco tiempo viviendo aquí, pero créeme, es una mala idea, mano.

-A lo mejor nadie lo ha intentado, voy a llevarme una cruz que tiene mi mamá colgada en la sala, la bañaré en agua bendita y lo intentaré, total, si no funciona, salgo corriendo.

-No lo hagas, si lo haces, le voy a decir a tu papá.

-No seas rajón, si a ti te da miedo, está bien, pero no vayas a rajar porque mi papá me mata si se entera de que me salí en la noche… aunque a lo mejor no es mala idea, él no cree en fantasmas ni espíritus, puede que hasta me acompañe.

-Si quieres perder a tu papá y morirte, hazlo y ya ¡me vale madre!

Pablo se fue muy enojado, dejando a Toño pensando en si de verdad era para tanto, de cualquier forma, él tenía ya una idea y no iba a ser fácil abandonarla, por alguna extraña razón, Toño no sentía miedo de lo que había visto, si bien la primera impresión fue de terror, cuando se tranquilizó se dio cuenta de que se sentía muy triste; “si algo me da miedo, sería perder a toda mi familia de esa forma”, así que probablemente por eso daba tanto miedo “la Llorona”… por la tristeza que tiene.

De acuerdo a lo que el Padre Miguelito les había contado, la Llorona sólo atacaba a algunos niños porque creía que eran los suyos, les contó que sus niños eran pequeños, Toño ya no era un niño pequeño. También les contó que atacaba a adultos que andaban en malos pasos, él ni una ni la otra, así que se sentía tranquilo ya que no parecía formar parte de lo que se pudiera considerar una víctima y Toño; echar a andar su plan.

Esa misma tarde fue por el crucifijo que colgaba su mamá en la pared, justo encima del sillón más largo, esperaba que no se diera cuenta de su ausencia, lo descolgó con cuidado y lo guardó bajo su playera, salió a la calle (no estaban jugando sus amigos) y se dirigió a la iglesia, en la pila del agua bendita metió la cruz teniendo cuidado de que nadie lo viera, no estaba seguro de que eso estuviera bien, aunque como pensó “entre más, mejor”.



Luego regresó a su casa, metió la cruz y un suéter en una de las bolsas que su mamá usaba para ir al mercado, lo escondió todo debajo del sillón más próximo a la puerta y ya tenía todo listo, ahora era cosa de averiguar cómo salir de la casa sin hacer ruido, ya lo había decidido; no le diría a su papá porque aunque era un hombre de bien, uno nunca sabe lo que traigan los papás adentro, el propio don Ramón le había dicho “no metas las manos al fuego por nadie, ni  por mí”, así que decidió no arriesgarse.

Así pasó toda la tarde hasta que la noche cayó, Toño creyó que era más sencillo si se quedaba en su cuarto hasta escuchar a sus papás subir, luego bajaría y si alguno de sus padres lo escuchara, diría que iba por agua o algo por el estilo. Se quedó en la sala a oscuras un largo rato, hasta que sintió que se empezaba a quedar dormido, en ese estado de duermevela en el que uno no está ni dormido ni despierto, es fácil sucumbir al sueño, Toño casi se había abandonado al mismo, cuando sintió un frío anormal, sobretodo por lo súbito del mismo, un segundo antes la temperatura estaba fresca, al fin y al cabo su casa estaba a dos calles del lago, siempre eran frescas las noches, pero en ese momento sentía mucho más frío del que normalmente se sentía, así que terminó de despertar, sacó la bolsa de debajo del sillón y se puso el suéter.

De noche cualquier sonido, por insignificante que sea, se percibe como un bombazo, hasta el caminar normal se maximiza por 10 y mas en aquellas noches de Texcoco, tan silenciosas y solitarias, con todo el sigilo del que fue capaz, abrió el seguro de la puerta que da hacia la calle, creyó que el sonido que hizo iba a despertar a sus papás pero no… todo en calma.

Caminó pegado a la pared con el crucifijo en la mano, tenía que llegar hasta la esquina, cruzar la calle y seguir derecho por ahí un par de cuadras hasta llegar al lago, si bien no era precisamente la orilla, sí que lo separaban de ella por lo menos unos 30 metros, que en caso de que algo se saliera de control, podían ser la diferencia entre ser atrapado y correr a la seguridad de su casa.

Toño llegó al final de la última casa, después de eso sólo había campo abierto, maleza y… el lago. Se detuvo en la esquina, dispuesto a buscar algún tocón para quedarse quieto a vigilar desde ahí cuando escuchó en un susurro: “Toño…”, no gritó tal vez por la impresión, se quedó paralizado y un poco sin aire, cuando volteó vio la cara de Pablo que lo observaba con un gesto de querer reír peso a la vez asustado o arrepentido.

-(en un susurro) ¡Qué haces aquí! ¡Casi me matas del susto!

-¿Qué crees que hago? ¡Pues acompañarte! No te podía dejar ir solo

-Gracias amigo, aunque… ¿No tenías prohibido salir de noche?

-Tú también, además… quiero saber qué pasó con… mi papá… su velorio también olía a esas flores naranjas…

-Está bien, creo que lo mejor sería vigilar la orilla desde aquel árbol de ahí (señaló un árbol a la derecha de donde estaban aproximadamente a 40 metros), así, si algo sale mal, nos podemos subir a él o correr para cualquiera de las dos calles que nos quedan.

-Juega…

Ni bien habían llegado al árbol, un grito los fijó al piso como si éste estuviera electrificado, muy claramente escucharon viniendo de ningún lado y a la vez de todos lados:



“¡AAAAAY, MIS HIJOOOOOS!”

Era como si lo hubieran estado esperando sin aceptarlo, Pablo se recargó la espalda contra el árbol y Toño reaccionó primero, levantó el crucifijo que tenía en la mano desde que salió de su casa y dijo:

-Si te podemos ayudar en algo, por favor, dinos, queremos ayudarte.

El olor a cempasúchil era tenue pero se adivinaba en el ambiente, pero ¿Cómo era posible? Si con el viento prácticamente cualquier olor circulaba y sin embargo, lo percibían y era eso lo que más miedo daba, al menos hasta que.

“¡AAAAAAAAAGGGGGGGGGGHHHHH!”

Un desgarrador grito sonó y vino acompañado de un intenso olor a esa flor naranja, Toño miraba a su alrededor pero no veía nada y al mismo tiempo adivinaba la presencia de esa mujer, Pablo recompuesto del primer grito y descompuesto por el segundo, se había acurrucado en cuclillas contra el árbol, como si sentirlo a su espalda le diera cierta seguridad.

-¡Si te podemos ayudar en algo, por favor dinos! ¡¿Quieres una misa?!

“¡AAAAAAAAAGGGGGGGGGGHHHHH!”

Los gritos eran terroríficos aunque cada vez que resonaba uno, Toño lo sentía menos agresivo, menos dañino y más triste, eso es algo que Don Toño me dijo: “se debe de sentir, yo no te lo puedo explicar” y le creo.

Toño iba  a hacer el tercer intento de ponerse en contacto cuando la vio, no iba caminando por la orilla del lago, no recorría el borde, era como si hubiera surgido del agua oscura y de unos 20 metros a partir de la orilla, flotaba por encima del agua y su vestido era tan blanco y contrastaba tanto contra el agua que parecía brillar, el delgado velo que le cubría la cara no se movía con el aire, el vestido tampoco, el corto cabello de Toño sí.

No sabe si pasaron 20 segundos o 20 minutos desde que la vio pero no pudo moverse de su lugar, de igual forma él no distinguía el rostro a través del velo pero sentía que ella lo miraba, quería hablar decirle algo pero el cuerpo no le respondía y así llegó esa figura frente a él, a escasos 30 centímetros, sin decir nada; levantó la mano y lo tomó del brazo.

Toño sintió como si el aire a su alrededor se detuviera, es más, la luz del sol brillaba como en una mañana soleada, el lago lo invitaba a bañarse, hacía calor y el agua se antojaba deliciosa, sentía la hierba verde entre los dedos de los pies y eso le producía una sensación de paz increíble… sí, iría a nadar al lago ¿Por qué no?

-¡TOÑO, TOÑO!

Los gritos y el jalón lo sacaron de su trance, era Pablo que lo jalaba tan fuerte que le había roto el suéter por la parte del cuello

-¡Vámonos, mano! ¡CORRE!

El grito de Pablo fue tan desesperado que Toño instintivamente se vio obligado a seguirlo, echó un rápido vistazo a su alrededor pero la figura blanca que vio (o creía haber visto) frente a él ya no estaba… o quizás nunca estuvo…

Al otro día Pablo y Toño platicaban sentados en la banqueta, ni la madre de uno ni los padres del otro se habían dado cuenta de la salida nocturna de la que sólo había una prueba, el resumen fue que Toño se quedó muy quieto y de pronto empezó a caminar rumbo al lago, Pablo se dio cuenta de que tenía una expresión ausente; “como si fuera dormido”, dijo. Entonces se armó de valor porque no quería acercarse a la orilla pero todavía faltaba, agarró a Toño del cuello del suéter y lo jaló lo más fuerte que pudo, al mismo tiempo que gritaba su nombre porque dicen que así es como los demonios se van, si les gritas su nombre, puede que también funcione con los vivos y parece que sí, porque así regresó Toño, lo demás ya lo sabemos todos.



Al día de hoy, en pleno 2019, Don Toño todavía se estremece al pensar qué hubiera pasado si Pablo no hubiera decidido acompañarlo, cabe mencionar que desde aquel año Don Pablo y Don Toño son entrañables amigos, yo no pude conocerlo porque nos quedamos de ver en la CDMX y Don Pablo (igual que Don Toño) sigue viviendo en Texcoco.

Lo último que me dijo al respecto fue “ahora entiendo por qué todas las casas buscaban poner los cuartos al fondo, aunque a veces todavía la escucho, el ambiente huele a cempasúchil y me arde un poquito el brazo”

Marca de La Llorona
Marca que todavía tiene don Toño en su brazo derecho, foto tomada de una foto que me llevó, en su brazo (a esta edad) ya se nota muy leve.

Pepe Sosa.

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