carta desde La Laguna Alejandro Almaz√°n

Carta desde La Laguna, Alejandro Almaz√°n

Alejandro Almaz√°n: ‚ÄúUna cr√≥nica no es solo teclear bonito‚ÄĚ

Nunca has caminado por el Cerro de la Cruz, pero por la manera en que el gu√≠a llama al lugar, ‚Äúla Pus de La Laguna‚ÄĚ, sabes que inspira miedo el mero hecho de nombrarlo. Apenas subas, te dar√°s cuenta de que, en vez de trepar hacia el cielo, bajar√°s hacia el infierno. Pronto ver√°s que los barrios son casuchas ape√Īuscadas en las laderas del cerro, reproduci√©ndose obscenamente como las cucarachas. Y pronto, tambi√©n, caminar√°s por callejuelas empinadas, gatear√°s escalinatas hechas sin ninguna planeaci√≥n, no sabr√°s si hay m√°s basureros que callejones sin salida, te topar√°s con tel√©fonos p√ļblicos destrozados, con perros vagabundos y observar√°s paredes pintarrajeadas y agujereadas que te har√°n entender que, por estos rumbos, la √ļnica que tiene paso libre es la muerte. Para que esto jam√°s lo dudes, el gu√≠a te llevar√° hasta donde est√°n las jaur√≠as de sicarios, tan jovencitos ellos, y t√ļ supondr√°s que para ser mat√≥n solo se necesita tener muchos g√ľevos. En alg√ļn momento notar√°s que hay tantos chicos empistolados, culebreando arriba de las motos, y tantos vendedores de droga barata que jurar√°s que si este cerro no es la octava maravilla del mundo, poco le hace falta para serlo. Cuando mires de nuevo hacia las casas amontonadas o cuando te fijes que los militares saludan a los narquillos como si fueran viejos conocidos, comprender√°s que Dios aqu√≠ no se siente y le preguntar√°s al gu√≠a qu√© carajos hacen ah√≠. √Čl, que suele ser fr√≠o como el hielo, te responder√° que de estos barrios salen a diario la chispa y la le√Īa que han mantenido encendido el matadero en Torre√≥n y G√≥mez Palacio. En los √ļltimos seis a√Īos, casi tres mil setecientas personas han sido asesinadas como si la gente estorbara. Entonces, el gu√≠a te hablar√° del c√°rtel de Sinaloa y de los Zetas, dos bandos agarrados de los R-15 que tienen a La Laguna entera de espectadora.

***

Desde que me acuerdo, aqu√≠ en el cerro se matan. Mis pap√°s me contaron que, en sus tiempos, la gente pas√≥ de los machetes a los cuchillos y de los cuchillos brincaron a las balas. Yo nac√≠ por ese‚Äôntonces, cuando el mero bueno de ac√° del poniente de Torre√≥n, era el Chaqui, un viej√≥n que sicareaba pa’ los ricos de la Laguna. Desde los setenta, el Chaqui control√≥ todo el trasiego de coca y mota, hasta que lo mataron por ah√≠ del noventa. Ese bato siempre jal√≥ pa los sinaloenses, ¬Ņs√≠ me entiendes? O sea, el acta de nacimiento del Cerro de la Cruz est√° firmada por el c√°rtel de Sinaloa. Por eso cuando los zetones apa√Īaron el cerro nos la pasamos rebotando muertos por esta pinchi vida. Pero ya me estoy adelantando. Con el c√°rtel de Sinaloa, te dec√≠a, la raza estaba bien contenta. Uno sab√≠a que s√≥lo se mor√≠an los abusones, los soplones, los hijos de la chingada, ¬Ņs√≠ me entiendes? Neta que aquellos s√≠ fueron tiempos bien perros. Todav√≠a por el a√Īo 2003, el Chapo Guzm√°n se daba sus vueltas por ac√° y toda su gente, el Chompe, el Toro Montoya, el Dany, el C√©sar, el Gitano, el Rambo y el Saico eran los reyes del cerro y, por qu√© no dec√≠rtelo, nosotros sus pinchis siervos, o como se diga. ¬ŅSabes cu√°ndo empez√≥ la bronca? Ai te va: fue en 2004, cuando el Diri le entr√≥ al negocio de la coca. El Diri hab√≠a sido tr√°nsito, por eso se ayud√≥ de la polic√≠a municipal pa irse metiendo al cerro. Los chapitos le dieron chance al Diri porque no lo miraron como competencia. Pa m√≠ ese fue el error, ¬Ņs√≠ me entiendes? Y te voy a decir por qu√©: en 2005 lleg√≥ Heriberto Lazcano a Torre√≥n. Media Laguna lo supimos porque el bato mand√≥ coronas de flores a las oficinas de la estatal. √Čsa fue la presentaci√≥n de los zetones. Me acuerdo de que por esos d√≠as, los chapitos pasaron casa por casa pa decirnos que no nos mortific√°ramos, que el Lazcano y el Diri no iban a agarrar mecha, que los zetones nunca se atrever√≠an a subir el cerro. ¬ŅY, cu√°l? El Lazcano fue a apalabrarse con el que era alcalde, un bato del PAN, y todo se fue a chingar a su madre.

[Conozco al gu√≠a desde hace algunos a√Īos y s√© que no me mentir√≠a. Publicar su nombre ser√≠a contraproducente. Aqu√≠ a los informantes, seg√ļn me ha advertido, los queman en una pira de llantas.]

Los zetones apa√Īaron el cerro de un d√≠a pa otro. Los chapitos nom√°s se quedaron con la Polvorera y la Durangue√Īa. Los que nos quedamos de este lado, en la Libertad, en Cerro Azul, en la Victoria, en la Buenos Aires, en la Independencia, en El Huarache, en la San Joaqu√≠n, vimos c√≥mo los zetones comenzaron a extorsionar a los comerciantes del Mercado Alianza y a todo aquel que ten√≠a un negocio en el centro. Donde est√° la antigua harinera, ah√≠ por donde subimos, torturaban a los que se resist√≠an. Dos patrullas siempre cerraban la calle de la harinera pa que nadie se acercara a ver el matadero de gente. Un d√≠a pas√≥ por ah√≠ el reportero ese de Multimedios y mir√≥ cuando los zetones mataban a un viej√≥n, por eso lo levantaron‚Ķ √Āndale, Eliseo Barr√≥n, ¬Ņs√≠ me entiendes? Se puso bien pesado. Todo el poniente, que en los hechos es el centro de Torre√≥n, era zet√≥n. A las putas las padrotearon y las que no se dejaban, las quemaron. A los ni√Īos los enviciaron con piedra, los reclutaron de sicarios, y a los federales que no ten√≠an comprados los corrieron de su hotel, aqu√≠ a unas calles, a punta de balazos. Cuando se cansaron del poniente se fueron al oriente a robar carros, a secuestrar, a decapitar a quien se les atravesaba. Era bien com√ļn verlos en camionetonas, custodiados por los municipales, recorriendo las calles como si fueran tiburones con el hocico abierto. Con los zetones, todos en La Laguna comenzamos a tener las mismas posibilidades de ser secuestrados, desmembrados, tableteados o ser colgados de los puentes. Para ellos matar era como sacar al perro a miar. Lo √ļnico que hac√≠an era coger, drogarse y asesinar. Muchos fuimos a hablar con los chapitos, les pedimos paro y nom√°s nos dijeron que, mientras los zetones no se metieran a la Durangue√Īa, ellos no iban a hacer nada. Asuntos de negocios, supongo. As√≠ pasamos 2006. Pero a mediados de 2007, a un zet√≥n que le dec√≠an comandante Gabito se le ocurri√≥ pararse a medio cerro y se puso a disparar hacia la Durangue√Īa. Ese d√≠a comenz√≥ la pinchi guerra.

***

Entre los pocos negocios que han salido ganando con la guerra de La Laguna est√°n las funerarias. Apenas esta tarde en que le volaron medio cr√°neo a un joven sicario, empleados de unas diez funerarias se disputaron al muerto. ‚ÄúSomos buitres y buitrear es lo que hacemos‚ÄĚ, me dijo uno que presumi√≥ a los familiares del matoncillo contar con el mejor reparador de cabezas. Otro trabajador ofreci√≥ el servicio de la cremaci√≥n expr√©s, una buena oferta hoy en d√≠a en que los pistoleros a sueldo han agarrado la mala costumbre de ir al cementerio para dispararle a los vivos en pleno entierro. Hab√≠a otro tipo, el de Puerta al Cielo, que pareci√≥ sugerirle a la hermana del difunto que todos los que se velaban en esa empresa terminaban cara a cara con Dios. S√≥lo alcanc√© a escuchar a uno que habl√≥ de la dignidad. Ninguno de los empleados, que yo recuerde, ocult√≥ su necesidad por vivir de la muerte ajena. Al final, el cad√°ver del sicario fue a dar a los velatorios Del Pueblo. Ah√≠ conoc√≠ a Xoili Garc√≠a, el encargado. Pero eso sucedi√≥ despu√©s de entrar al anfiteatro del Hospital Universitario.

En Torre√≥n todo mundo sabe que si te matan terminar√°s en el s√≥tano del Universitario. ‚ÄúA veces hemos tenido hasta treinta muertitos en un solo d√≠a‚ÄĚ, me dijo Fernando √Ālvarez, un tipo dicharachero que se encarga de cuidar el hospital por las tardes. ‚ÄúY como nom√°s tenemos cuatro camillas y espacio para seis en el congelador, a muchos hemos tenido que encaramarlos en el suelo; vieras c√≥mo se mira esta madre: parece el pinchi rastro‚ÄĚ. La carnicer√≠a de hoy tiene s√≥lo en el mostrador unos brazos, una pierna y pocas v√≠sceras de un chico que serrucharon anteayer. Nadie ha ido a reclamarlos. Fernando cree que en pocos d√≠as tendr√°n que tirarlos.

El anfiteatro apenas medir√° unos veinte metros cuadrados, parece m√°s un peque√Īo laboratorio de la clase de biolog√≠a y, por m√°s cloro que utilicen para desinfectarlo, aqu√≠ nunca deja de oler a carne podrida. Fernando me cont√≥ que los forenses se han vuelto expertos en abrir esternones y en coserlos. El punto flaco del hospital, sin embargo, es cuando los sicarios han ido a visitar al paciente con el √ļnico prop√≥sito de terminar su trabajo. ‚ÄúEl otro d√≠a vino un g√ľey a traerle flores a un herido, subi√≥ al cuarto como si nada, le avent√≥ el ramo en la jeta y le dispar√≥ ocho veces a la cabeza; yo creo que el bato lo remat√≥ de esa manera para ver si tambi√©n ten√≠amos buenos neurocirujanos‚ÄĚ, me dijo Fernando y yo no supe qu√© parte de la historia era broma.

‚ÄĒTienen c√°maras de vigilancia, ¬Ņno? ‚ÄĒle dije.
‚ÄĒPero no sirven de mucho ‚ÄĒcontest√≥ alzando los hombros‚ÄĒ. F√≠jate: la semana pasada vinieron dos sicarios por uno de sus compa√Īeros que estaba herido. Tra√≠an unos riflones. ¬ŅT√ļ crees que les iba yo a cobrar?

Salí del Universitario pensando que a Torreón le hacía mucha falta que alguien le engrapara el corazón.

Torre√≥n es un nicho que ning√ļn empresario de respeto dejar√≠a fuera de su plan de negocios. Aqu√≠ la muerte tiene dinero, compra sicarios por cuatrocientos d√≥lares al mes, usa horrorosas camisas Versace y quiere ser enterrada como Dios manda. No en balde, desde que empezaron las rachas de violencia, las seis funerarias que antes hab√≠a ahora se pelean el mercado con otras veinte. ‚ÄúGringos, chilangos, regios y poblanos han abierto funerarias a lo cabr√≥n‚ÄĚ, me dijo Xoili Garc√≠a, el encargado de funerales Del Pueblo.

La fachada de Del Pueblo bien puede ser la de un taller mec√°nico. De pronto hace pensar que por situaciones tan insalubres es que las almas de los muertos quedan en pena. Pero uno nunca debe dejarse llevar por las apariencias. Las finanzas de esta funeraria han mejorado porque la mayor√≠a de los sicarios son pobres. ‚ÄúNo te voy a mentir ‚ÄĒme dijo Xoili‚ÄĒ. Bendito Dios, nos llegan uno o dos muertitos al d√≠a‚ÄĚ.

La funeraria Del Pueblo dista mucho de algunas otras que visit√©. Recuerdo que en una hab√≠a ata√ļdes con los m√°s variados ornamentos y colores: negros, grises, marrones, dorados y plateados; otros ten√≠an molduras muy complejas, por no decir barrocas. Pero los mejores fueron aquellos que, en oro, se les hab√≠a grabado en el lomo la silueta de un R-15. En otra funeraria vi el m√°s variopinto muestrario de cruces. Con Xoili s√≥lo hab√≠a f√©retros tradicionales con herrajes de bronce y cristos hechos sin el menor cuidado.

Le pregunt√© a Xoili c√≥mo hab√≠a cambiado la muerte en Torre√≥n, y sus ojos adquirieron ese aspecto distante, t√≠pico de los que hablan de cosas ocurridas mucho tiempo atr√°s. ‚ÄúAntes, de cada diez muertos hab√≠a un jovencito; hoy, de cada diez hay once morros y otro viene en camino‚ÄĚ, me dijo con su humor involuntario que a m√≠ me hac√≠a re√≠r. Xoili tambi√©n me cont√≥ que a las familias ya no les gusta ni velar ni enterrar a su difunto. La moda ahora es la cremaci√≥n. ‚ÄúLos familiares tienen miedo de que los sicarios los ubiquen y la agarren contra ellos, pero yo les digo que no sean gachos, que despidan al muertito; lo hago porque es bien triste llev√°rnoslo en una cobija y echarlo al fuego sin que nadie le llore, pero tambi√©n provoco el funeral porque as√≠ le damos trabajo al embalsamador, al de las flores, al del caf√©, al del estacionamiento; todos ocupamos dinero‚ÄĚ, me dijo y enseguida hizo las cuentas: en una cremaci√≥n gana dos mil quinientos y mil m√°s por cada funeral.

Xoili no quiso despedirse sin contarme algo que sabr√° Dios desde cu√°ndo le estar√≠a quemando la lengua: la corrupci√≥n de la muerte. ‚ÄúBuitreamos porque los del Ministerio P√ļblico est√°n bien apalabrados con la funeraria Flores. A ellos les dan preferencia. No s√© si eso haya tenido qu√© ver con el asesinato de Santos Flores. √Čl era el due√Īo y lo mataron ah√≠ mismo en la funeraria. Lo que quiero decirte es que nosotros nom√°s queremos un negocio parejo, porque s√≠ est√° de la fregada eso de buitrear‚ÄĚ.

EXTERIOR

Lentamente descubrimos un paisaje construido contra la gente. Son barrios cuesta arriba igual que la vida misma. El sol encandila en G√≥mez Palacio, pero se mira n√≠tido. No hay sangre, no hay esmog; el aire que azot√≥ por la ma√Īana se los ha llevado a lugares m√°s lejanos. Un perro orina la tanqueta estacionada de los militares y, justo ah√≠, se escucha a Carlos Santana con ‚ÄúOye c√≥mo va‚ÄĚ. Entonces las im√°genes en color sepia empiezan a encimarse:

Ora vemos a un par de chicos, flacos y secos como una rama, tumbados sobre la banqueta: han inhalado tanta piedra que desde hace tiempo viven en el olvido. Ora una gasolinera est√° en llamas. Ora un carro explota. Ora una turba de chicos saquea los negocios. Ora en pleno basurero apreciamos a un joven sicario al que no s√≥lo lo cosieron a balazos, tambi√©n le arrancaron toda la piel del rostro. Ora un centenar de polic√≠as municipales son desarmados violentamente por un batall√≥n de soldados; tarde o temprano alguien iba a acusarlos de estar en la n√≥mina de los Zetas. Ora se observa una manta en la que, a pesar de las faltas de ortograf√≠a, se lee que los soldados cuidan las espaldas del c√°rtel de Sinaloa. Ora cinco comandos roban igual n√ļmero de bancos con una sincron√≠a de relojero. Ora truenan los cuernos y en el patio de una primaria los ni√Īos se tiran al suelo. Ora unos encapuchados asaltan una camioneta de valores y todav√≠a, con parsimonia, se dan el lujo de contar ah√≠ mismo el dinero. Ora a un sicario le estallan la cabeza cuando sale del casino; uno de los param√©dicos pensar√° que el tipo parece un doberman con lesi√≥n cerebral. Ora en uno de los laberintos, aquellos de calles ciegas, violan a una ni√Īa que apenas tendr√° siete a√Īos. Ora unos narcos secuestran a dos periodistas que en su vida han cubierto la nota roja.

NARCO

(Está encapuchado y trae un R-15 en bandolera; los periodistas permanecen atados de las manos sudan como si hubieran corrido un maratón.)

O cubren lo que está ocurriendo o pa la próxima los matamos.

Ora ocurre un mot√≠n en la c√°rcel; vemos a los presos armados, alzando los pu√Īos como si hubieran vencido; enseguida, sin embargo, aparece un pu√Īado de militares dispar√°ndoles como si estuvieran en la feria y jugaran tiro al blanco. Ora una mujer y su beb√© mueren en medio de una balacera. Ora nos muestran negocios cerrados, escuelas vac√≠as y decenas de casas a la venta. Ora los soldados desmantelan puestos ambulantes, donde los Zetas venden pirater√≠a, ropa y dulces. Ora un grupo de prostitutas se manifiesta porque se ha acabado la vida nocturna. Ora la foto del Feroz aparece frente a nosotros y, quienes lo conocieron, se acuerdan que √©l fue el primero en desafiar a los narcos de la casa. Ora la gente se organiza en los barrios para enrejar calles. Ora los empresarios se largan de la ciudad y la industria se cae. Ora una se√Īora que vende gorditas en el centro les paga doscientos pesos a unos chicos que van en motocicleta; es la cuota semanal para que no la maten. Ora vemos fotograf√≠as de unos veinte trabajadores de la fiscal√≠a de Durango que han sido asesinados. Ora la fiscal, Sonia de la Garza, aparece sonriente, rodeada de sus escoltas mal encarados. Y ora una manta se√Īala a De la Garza y a los federales como los protectores de los Zetas.

ALCALDESA ROC√ćO REBOLLO

(Est√° sentada en la mesa de juntas. Enciende un cigarrillo.)

¬ŅMiedo? No, no, no. Yo tengo que demostrarle a la gente que en nuestra ciudad se puede vivir tranquilo.

En la siguiente escena vemos a la alcaldesa temblando: han baleado su casa.

FONDO NEGRO

***

G√≥mez Palacio, tambi√©n conocido por el alias de ‚ÄúG√≥mez Balazos‚ÄĚ, es la capital del odio. En sus casi mil kil√≥metros cuadrados uno puede comprar armas por menos de cien d√≥lares y a un polic√≠a por lo doble. Los Zetas se adue√Īaron de casi toda la municipalidad en 2007, pero el 11 de enero pasado se les acab√≥ el corrido: 159 municipales fueron detenidos por el Ej√©rcito. Los Zetas no fueron los √ļnicos que abrieron la cartera. El c√°rtel de Sinaloa compr√≥ el Cereso. Eso evit√≥, durante un tiempo, que sus sicarios que eran arrestados en La Laguna fueran llevados a c√°rceles de Coahuila, donde los Zetas deciden qui√©n es enviado a la inmensidad del infierno. Hoy, ese Cereso ha sido cerrado por los federales, los mismos que trabajan para los Zetas.

Yo no ven√≠a pensando en todo eso, pero el colega que me trajo a G√≥mez hablaba de los Zetas y de los Chapos como Santana hablar√≠a de las guitarras. Por mi colega supe que la tasa de crecimiento poblacional en G√≥mez se ha controlado as√≠: 1.6 muertos al d√≠a por 1.3 nacimientos, de modo que durante alg√ļn tiempo la ciudad no rebasar√° los trescientos cincuenta mil habitantes. Supe, tambi√©n, que cuando los municipales fueron desarmados por el ej√©rcito, los Zetas se lanzaron a robar bancos para presionar a los militares. Entend√≠ que Torre√≥n y G√≥mez son dos ciudades que los gobiernos de Coahuila y de Durango siempre las han visto como el trasero de sus estados. Y me enter√©, adem√°s, de que el c√°rtel de los tal Cabrera hab√≠an llegado a La Laguna y eso complicaba m√°s la guerra.

Cuando baj√© del auto del colega, lo primero que vi fueron tres tanquetas del Ej√©rcito estacionadas frente a la presidencia municipal. Un regidor, que pidi√≥ no poner su nombre, me contar√≠a luego que, durante la sesi√≥n de cabildo, un militar hab√≠a irrumpido para decirles que un comando atacar√≠a la alcald√≠a. Por eso, aquella ma√Īana, hab√≠a m√°s soldados en las oficinas que gente tratando de hacer un tr√°mite. La √ļnica que parec√≠a no estar alterada por la amenaza era el tercer miembro de la familia Rebollo que ha gobernado este municipio: Roc√≠o.

‚ÄúTengo un hijo de diez a√Īos y gobierno esta ciudad, ¬Ņt√ļ crees que debo tener miedo? ‚ÄĒme dijo la alcaldesa mientras encendi√≥ un cigarro con cierto estilo‚ÄĒ. Me han amenazado dos veces, pero para m√≠ que esas llamadas fueron puro cuento‚ÄĚ. Roc√≠o tambi√©n me presumi√≥ que todas las noches se trepaba en su Suburban sin blindar y recorr√≠a los barrios de G√≥mez. ‚ÄúTrato de generar confianza, decirle a mi gente que todav√≠a se puede vivir con tranquilidad; cr√©eme: yo no me voy a mover de aqu√≠‚ÄĚ. La alcaldesa no le dio mucha importancia al arresto de sus polic√≠as o tal vez no quiso hablar del asunto. Para ella lo importante fue contarme de los cadetes que pronto saldr√°n de la academia, que los polic√≠as con ella ganan ochocientos cincuenta d√≥lares mensuales y que les consigui√≥ un seguro de vida por casi noventa mil. No se lo dije, pero en La Laguna todos los polic√≠as tienen un precio.

Roc√≠o se despidi√≥ dici√©ndome que la pr√≥xima vez que nos vi√©ramos en G√≥mez todo iba a estar mejor. Cuatro d√≠as despu√©s, el martes 5 de febrero, un colega me escribi√≥: ‚ÄúBalearon la casa de la alcaldesa, no hay lesionados‚ÄĚ. Desde entonces he pensado que Roc√≠o tomar√° la oferta que hace poco le hizo el gobernador Jorge Herrera: renunciar a la presidencia municipal e irse de diputada local.

***

Ten por seguro que orita ya saben de ti, te dice el gu√≠a cuando caminan por la Durangue√Īa y t√ļ imaginas lo peor: ves c√≥mo te rodean los sicarios, sientes c√≥mo te levantan, pides que te maten de un solo tiro y te dejas llevar con la esperanza de que tiren tu cad√°ver para que tu familia tenga qu√© enterrar. Sales de tus cavilaciones cuando el gu√≠a te dice que est√°n en San Joaqu√≠n, pero de santo no tiene nada el barrio. ‚ÄúLos sicarios que dejaban salir del Cereso de G√≥mez, llegaron aqu√≠ y de aqu√≠ salieron a rafaguear los antros, ¬Ņs√≠ me entiendes?‚ÄĚ, te cuenta y t√ļ recuerdas las matanzas del Ferry, las Juanas y la Quinta. Entre las tres se habla de sesenta y nueve muertos, pero el gu√≠a te dice que esa cantidad apenas fue la de uno. Cierto o no, no hay un n√ļmero para corroborarlo. ‚ÄúLa idea fue pegarle a los bares de los zetones, pero los Chapos mandaron a puro loco y mataron a mucha raza inocente‚ÄĚ, se queja el gu√≠a y enseguida te remarca que la balacera en el bar Tornado, una que apenas sucedi√≥ el 5 de enero pasado, fue hecha por los Zetas, pues el antro ya era del c√°rtel de Sinaloa. Cuando termine de hablar, pensar√°s que todos los c√°rteles mexicanos son iguales: practican todos los sin√≥nimos del verbo matar, sin sentimiento de culpa. A seguir caminando. Ahora el gu√≠a te dice que mires discretamente hacia la punta del cerro. ‚ÄúHay dos √°guilas‚ÄĚ, susurra. Las √°guilas, por si no sabes, son adolescentes que tienen la imperiosa necesidad de ganarse unos d√≥lares. Si un solo veh√≠culo, persona, animal o cosa entra al cerro y ellos no lo reportan, les dar√°n sus tablazos. Volver a caminar. ‚ÄúEn aquella casa es donde torturan a los zetones‚ÄĚ, dice el gu√≠a mientras sus dedos apuntan a un lugar indescifrable. ‚ÄúAh√≠ mismo los destazan con sierra el√©ctrica o les aplican el torniquete, ¬Ņs√≠ me entiendes?‚ÄĚ. Y el torniquete, por si tampoco lo sabes, es un filoso alambre que, amarrado a dos tubos, te arranca el pescuezo. M√°s tarde, cuando rodees el pante√≥n, ver√°s a cuatro chicos armados, chicos que muy seguro no conocer√°n la vejez. Los saludar√°s y ellos, aunque nunca los hayas visto en tu vida, te regresar√°n el saludo con cierta familiaridad. En alg√ļn momento le preguntar√°s al gu√≠a qu√© tan cierto es un informe militar que se ha publicado. Como √©l no sabr√° a qu√© te refieres, les contar√°s: seg√ļn el Dany ha roto con el Chapo, el Cerro de la Cruz ya no es del c√°rtel de Sinaloa y los Zetas est√°n aprovechando la ruptura para recuperar fuerzas. El gu√≠a se reir√° y te dir√°, primero, que ni el Dany ni otro trabajador del Chapo se han salido del carril; te contar√° que el poniente es cien por ciento de los chapitos y que a los Zetas cada vez los repliegan m√°s hacia el oriente de Torre√≥n. ‚Äú¬ŅEntonces qu√© desmadre se traen en G√≥mez?‚ÄĚ, le preguntar√°s y √©l te dir√° que todo se debe a que los polic√≠as federales y gente de la fiscal√≠a de Durango quieren que los Zetas regresen. Todo eso, claro, lo sabr√°s cuando acabes de rodear el cementerio. Ahorita, apenas el gu√≠a te est√° contando que cuando el comandante Gabito dispar√≥ hacia la Durangue√Īa, los chapitos limpiaron el cerro a punta de cuernos y R-15. ‚ÄúLos zetones ni las manos metieron‚ÄĚ, te dice y describe muertes que a cualquiera le dar√≠an pesadillas. Una quedar√° en tu mente: la de aquella yonqui que, s√≥lo por comprarle piedra a los Zetas, fue fusilada frente a un sacerdote.

***

‚ÄúCuando supimos que hab√≠an llegado los Zetas a La Laguna, muchos dijimos: ‚ÄėPor fin habr√° acci√≥n‚Äô. Qu√© pendejos, nunca comprendimos que nos iba a ir tan mal‚ÄĚ, me dice un colega en Torre√≥n, y yo recuerdo todo lo que me han contado otros reporteros de La Laguna durante estos d√≠as. Los de G√≥mez Palacio, por ejemplo, me hablaron del secuestro que hace poco sufrieron dos de ellos, todo porque los narcos quieren que se publiquen las mantas que cuelgan en los puentes. Otro me platic√≥ del d√≠a en que un comando fue a visitarlo a su casa; desde entonces dej√≥ el periodismo. Unos de Torre√≥n fueron citados por los Zetas a mediados de 2008; les dijeron que ellos determinar√≠an qu√© publicar; sobra apuntar que, si no lo hac√≠an, los matar√≠an. A Eliseo Barr√≥n, de Milenio Laguna, lo levantaron el 29 de mayo de 2009 y a una chica que vend√≠a publicidad para el mismo diario la secuestraron tiempo despu√©s. Al Siglo de Torre√≥n le han ido a disparar dos veces y, hace cosa de un a√Īo, unos sicarios que despu√©s de la balacera abandonaron m√°s de diez cuernos de chivo ‚ÄĒcomo para que nadie dudara de que su arsenal no tiene fondo‚ÄĒ buscaron a ciertos periodistas para reclamarles que ellos no hab√≠an huido del lugar como dec√≠an sus notas, que ellos no eran ningunos cobardes.

‚ÄúLos medios de toda La Laguna s√≥lo reportamos los hechos‚ÄĚ, me dijo un editor de las noticias locales. ‚ÄúPreferimos no investigar m√°s, porque aqu√≠ los narcos no se andan con medias tintas‚ÄĚ. El √ļltimo gran susto fue el que ocurri√≥ el pasado jueves 7 de febrero: cinco trabajadores del Siglo de Torre√≥n fueron secuestrados durante algunas horas. Los colegas de La Laguna creen que los del Siglo no ser√°n los √ļltimos.

***

1) Drug Dealer pasa por mí al hotel. Basta verle el brillo paranoico que hay en sus ojos para asegurar que viene manejando hasta las cejas de cocaína.

2) Drug Dealer no habla espa√Īol, sino argot. Aprendo nuevas palabras de viejos conceptos: los patrones son los soldados, los pandas son los federales, los perritos son los municipales, el drag√≥n es el convoy de los militares, la pintura verde es la mota, el maguito es una c√°psula de color amarillo donde viene la coca y la fresita es una dosis m√°s peque√Īa.

3) Drug Dealer dice que la mariguana no s√≥lo es para los maleantes. ‚ÄúEl brus li, la yanis, el morrison y el jendrix la fumaban‚ÄĚ.

4) Drug Dealer me explica que la ciudad nunca sube al Cerro de la Cruz, pero de arriba bajan a toda hora. Nosotros vamos de subida. Venimos a comprar droga.

5) Drug Dealer me da indicaciones: ‚ÄúSi te preguntan qu√© rollo contigo, les dices que eres mi camarada, que no s√≥lo eres vicioso sino tambi√©n desconfiado y por eso me acompa√Īaste; y ojo: no se te ocurra decir algo de los zetones porque de aqu√≠ no salimos‚ÄĚ. Si alguien se me acerca como me dice, seguro cantar√© como un canario.

6) Drug Dealer cree que, para los √ļltimos dos gobiernos panistas de Torre√≥n, los Zetas y los municipales fueron su mayor pasi√≥n.

7) Drug Dealer tiene algo qué decir antes de llegar a la Polvorera: el Chapo es dios y yo pienso que gente como él necesita de mitos y mentiras para vivir.

8) Drug Dealer se estaciona y baja a comprar la droga. En el lugar hay j√≥venes y portentosas m√°quinas de matar. Usan gorras Ed Hardy, visten playeras Polo o Lacoste (seguramente made in China), traen jeans y calzan tenis de la pantera enfurecida. Salvo por la gorra, estoy a tono con ellos. ‚ÄúPor donde cagan estos morros nadie pasa, as√≠ que ojal√° hayas wachado bien c√≥mo est√° el rollo‚ÄĚ, me dice Drug Dealer apenas regresa.

9) Drug Dealer cree tener la capacidad de ver la violencia que lo rodea sin que le afecte. ‚ÄúAs√≠ somos los norte√Īos: cerramos los ojos, los o√≠dos y somos muy felices‚ÄĚ.

10) Drug Dealer me deja en el hotel. Le digo que se quede con la droga y, antes de irse, le pregunto qué espera de esta vida. Se queda callado. No soy psiquiatra pero creo que muy pronto no quedará nada en su cerebro.

***

Vine a la parroquia de San Judas Tadeo, al oriente de Torre√≥n, no porque haya sido asaltada ayer. Vine porque hoy conocer√© a cuatro mujeres y un hombre que llevan a√Īos buscando a sus hijos. Antes de que me cuenten sus casos, sin embargo, tienen varias quejas qu√© soltar:

‚ÄďYa no nos gusta hablar con los reporteros porque no publican nada; s√≥lo vienen para hacerse famosos, nos utilizan.

‚ÄďAl gobernador no le interesan nuestros hijos, pero no fuera el sobrino que le mataron porque mover√≠a cielo, mar y tierra.

‚ÄďAqu√≠ nosotras hemos investigado, hasta nos hemos sentado con los narcos para que nos digan d√≥nde podemos encontrar a nuestros hijos; ¬Ņy todo para qu√©? ¬ŅPara que la subdelegada de la PGR, la tal Claudia Gonz√°lez a la que inform√°bamos todo, la arrestaran por estar ligada a los Zetas?.

‚ÄďNo crea, si hasta ganas nos dan de ir con la gente del Chapo pa que nos ayuden.

Fuerzas Unidas por Nuestros Desaparecidos, con sede en Coahuila, empez√≥ en Saltillo. Don Ra√ļl Vera convenci√≥ a cuatro familias para organizarse y el resto lo ha hecho la desgracia. Las cifras actuales hablan de poco m√°s de mil seiscientas personas desaparecidas en el estado, todo desde que los Zetas y el c√°rtel de Sinaloa andan agarrados de la gre√Īa. El pasado 15 de enero, Enrique Pe√Īa Nieto iba a recibir a las mujeres que tengo enfrente, pero les cancel√≥.

√Āngeles: ‚ÄúMi hijo, Jes√ļs Antonio Mena, me llam√≥ a las doce y media de la noche. No pude contestar y estuve ll√°mele y ll√°mele, hasta que me contest√≥ un se√Īor. Dijo que era zeta y me pidi√≥ veinte mil pesos, pero ya no volvieron a buscarme. Perd√≠ mi trabajo de veinte a√Īos, me vino la diabetes y mi nieta trae la anemia porque no quiere comer, dice que quiere ver a su pap√°. Jes√ļs desapareci√≥ el 30 de junio de 2010. La polic√≠a acept√≥ la denuncia, pero como robo de auto.‚ÄĚ

Mar√≠a Elena: ‚ÄúAlguien nos dijo que los Zetas se hab√≠an llevado a Hugo, a mi hijo Hugo Gonz√°lez, hasta Nuevo Laredo. Por eso mi esposo fue a ver si era cierto. Uno de los jefes lo recibi√≥. Mi marido le dio el dinero que nos pidi√≥ y en dos segundos le dijo que no, que a √©se no lo hab√≠an levantado ellos. Hugo tiene veintisiete a√Īos. Se lo llevaron con dos amigas de un restor√°n del centro de Torre√≥n‚ÄĚ.

√ďscar: ‚ÄúYo estaba trabajando en Atlanta cuando mi esposa me llam√≥: a Jes√ļs se lo hab√≠an llevado dos encapuchados. Me vine y nos pusimos a investigar. Resulta que mi hijo iba en su moto y se le cerraron en un carro. Lo persiguieron varias calles, hasta que se derrap√≥. Me dicen que Jes√ļs les dijo que se llevaran la moto, pero a √©l tambi√©n lo subieron a una camioneta. ¬ŅS√≠ le dije completo el nombre? Es Jes√ļs Daniel Flores Garc√≠a. Despareci√≥ el 1 de mayo de 2009. Ya se me fueron todos mis ahorros de tanto buscarlo aqu√≠ y all√°‚ÄĚ.

Blanca: ‚ÄúMi hijo, Iv√°n Barush, fue al bar ese del Tornado, el que acaban de balear un d√≠a antes de Reyes. √Čl fue el 11 de agosto de 2011, y no sali√≥. Sus amigos me han contado que se pelearon por andar de coquetos con la novia del guardia. S√≥lo a Iv√°n no lo soltaron. Uno de mis nietos dice que quiere ser narco para buscar a su pap√°‚ÄĚ.

Amelia: ‚ÄúEst√°bamos en nuestra casa de Matamoros, un pueblo pegado a Torre√≥n, cuando unos encapuchados se nos metieron y se llevaron a mi esposo, Javier Burciaga V√°zquez. Mi yerno, Jos√© Francisco Ju√°rez, quiso defenderlo, pero tambi√©n lo treparon a las camionetas. Le dimos ocho mil pesos a una licenciada que nos dijo que estaban en la c√°rcel, pero nom√°s nos rob√≥. Pagamos brujos y ellos nos dijeron que ya iban a llegar, que ya no nos mortific√°ramos. Y como pas√≥ un a√Īo, mejor nos fuimos a Zacatecas. All√° la vida fue muy dura. Nom√°s nos deprimimos. Entonces nos regresamos, aunque no sali√©ramos de la casa. Mi nieto, Luis Carlos, se desesper√≥ de tanto encierro y un d√≠a me dijo: Abue, yo quiero trabajar, tengo treinta y dos a√Īos y pos quiero ayudar a traer dinero. Se fue al d√≠a siguiente y nunca regres√≥. Yo ya orita nom√°s creo en la justicia divina‚ÄĚ.

***

El Rubio, un ex policía municipal de La Laguna, no quiso que habláramos de frente. Optó por contarme lo que sabía por medio del mail. Sólo nos escribimos tres veces.

Mail uno:

los de la letra nos leyeron la cartilla lueguito de cuando llegaron. o jalan o jalan cabrones. con esas palabras crees tu que alguien no le iba a entrar? adem√°s nos amenazaron con matar a nuestra familia. nuestros jefes nos dijeron que apechugaramos que nos iba a caer lana, pero ellos se quedaron toda. nuestro trabajo fue apoyar a los de la letra, apa√Īar el poniente. con esto te digo que todo fue obligado. ahorita todav√≠a hay unos que se creen narcos y est√°n ayud√°ndoles a los zetas para entrar a g√≥mez. no s√© si sepas pero cambiaron a los federales y ellos tambi√©n andan chingando a los chapos. ayer en g√≥mez no solo balearon la casa de la alcaldesa, tambi√©n le metieron un susto a carlos herrera, ese es el cacique de g√≥mez.

Mail dos:

los chapos no quieren a los municipales. el pedo ahora es que los municipales de torreón trabajan para los chapos y los de la letra andan matando polis. a uno lo rafaguearon afuera de su casa, cuando estaba lavando su carro. eso fue hace como una semana, allá en matamoros.

Y mail tres:

los chapos balearon en 2009 el premier y el 20, que era el jefe de plaza, mandó llamar a 35 municipales: director operativo, lobos y bravos para cagotearlos. los citaron en una finca de fac. y madero. todos de civiles.

delante de ellos, la burra, un morrillo de 16 o 17 a√Īos, bien loco, desquiciado, y que dice que hablaba con los muertos: decapit√≥ con un cuchillo a 5 chapos que hab√≠an agarrado. les dijeron a los municipales que si segu√≠an permitiendo que los chapos reventaran les iba a pasar lo mismo. un g√ľey de apellido de le√≥n, director operativo de seguridad p√ļblica del oriente de torre√≥n, no aguant√≥ la carnicer√≠a y se desmay√≥. luego los dejaron ir.

***

El gu√≠a ahora te indica d√≥nde, c√≥mo y cu√°ndo los Chapos fueron matando a los Zetas. Te habla de un tal Negro, pasa por el Junior y acaba con Chuy Caguamas. Ah√≠ pensar√°s que los ajustes de cuentas se propagaron en todo el poniente como el sarampi√≥n. Y ah√≠, tambi√©n, decidir√°s que no quieres saber nada m√°s. Lo que ans√≠as es ya largarte del cerro. Extra√Īamente te sentir√°s d√©bil, como cuando has ido a donar sangre. Bajar√°n por donde llegaron, por el Mercado Alianza. Se despedir√°n donde se encontraron por la ma√Īana. Tomar√°s un taxi e ir√°s a visitar al escritor Carlos Vel√°zquez. Hoy es su cumplea√Īos, as√≠ que no querr√°s arruinarle la fiesta cont√°ndole todo lo que has visto y escuchado. Se tomar√°n un par de Macallan y despu√©s otros. Entonces te contar√° del 7 de octubre de 2010, cuando fue al bar Marioneta a echarse una cervezas con unos amigos. ‚ÄúLos disparos zumbaban como cuchillas de afeitar‚ÄĚ, te dice cuando ya te ha contado que uno de esos escuadrones perfectos para matar lleg√≥ en embestida al bar e hicieron los que mejor les sale. ‚ÄúNeta cabr√≥n que nunca hab√≠a escuchado tiros con esa fuerza, ni cuando me agarr√≥ una balacera en el Oxxo‚ÄĚ. Otro escritor, Daniel Herrera, te contar√° la otra parte de la historia porque √©l tambi√©n la vivi√≥: ‚ÄúNos tiramos al piso y nuestro compa la Marrana comenz√≥ a sangrar; dijimos: A este cabr√≥n le dieron. Pero no: se cort√≥ el brazo con una botella. Que yo me acuerde, los sicarios s√≥lo mataron por los que iban‚ÄĚ. M√°s tarde te enterar√°s que ese d√≠a Fernando Vallejo, de visita en Torre√≥n, ten√≠a pensado acompa√Īar a Carlos y a Daniel, pero declin√≥ por cansancio. Inevitablemente pensar√°s en La virgen de los sicarios y te imaginar√°s a Vallejo en aquella balacera diciendo: ‚ÄúLa fugacidad de la vida humana a m√≠ no me inquieta; me inquieta la fugacidad de la muerte: esta prisa que tienen aqu√≠ para olvidar‚ÄĚ. Para ese entonces, ver√°s que en Twitter circula la informaci√≥n sobre el asesinato de cuatro j√≥venes a unas cuantas cuadras de ah√≠ y tu recordar√°s otra frase que le le√≠ste a Vallejo: ‚ÄúLa muerte viaja siempre m√°s r√°pido que la informaci√≥n‚ÄĚ. En alg√ļn momento subir√°n a la azotea del edificio donde vive Carlos y, desde ah√≠, contemplar√°s casi todo Torre√≥n. Entonces caer√° la noche y todo se ver√° como un inmenso charco de sangre seca.

Publicado el 20 de Marzo de 2013 en Gatopardo
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