LEYENDA, EL VAGABUNDO

Hace algunas semanas, publicábamos aquí, en su blog chacotero por excelencia, la crónica de un gran vagabundo, me refiero a Don Henrry, nos quedamos en el entierro y la posterior vida del barrio, ya sin el viejito caminando entre sus calles.

Como les decía; Clarita y Toño quedaron muy formales de ir a recoger las cosas del Don. Por dos razones; la primera, que no iban a permitir que las cosas de su amigo terminaran en la basura y la segunda, por mera curiosidad.

El cuarto en el que vivía Don Henrry, se podía describir en una palabra como “desconcertante”. Ya había pasado lo peor y fue entonces (cuando regresaron a buscarle ropa) que descubrieron algunos detalles abrumadores; los discos de Héctor Lavoe, el aparato de sonido, una lujosísima licorera de cristal cortado, una pomposa cigarrera que parecía ser de oro y varias prendas de seda o cashmere que como buenos comerciantes, identificaban como de alta costura, no al alcance de una persona común, menos de un vagabundo.

Sin otro interés de por medio más que el de rescatar las pertenencias de Don Henrry, llegaron a Miguel Alemán con dos cajas de huevo y un diablito, acordaron ir solos por aquello de “no te entumas”, la avaricia suele cambiar a la gente, la trastorna y la corrompe y todo había sido tan bonito hasta ese momento, que no quisieron involucrar a nadie más, por no correr el riesgo.

-Pues aquí estamos, Toñito.

-Sí Clarita, acabemos con esto de una vez. ¿Le parece bien si vamos haciendo un inventario de lo que hay? Ya sabe que “cuentas claras, amistades largas”

-Sí Toñito, aunque no creo que nada de esto nos sirva más que como un recuerdo.

-Si vinimos a rescatar las cosas no va a ser para ir a botarlas en las chácharas, digo yo.

-Eso sí, bueno, vamos a ver qué hay y luego decidimos qué hacer con todo.

Ya tenían llave del cuarto porque la vecina les había regalado la copia, Toñito tomó la precaución de poner un candado extra, “Uno nunca sabe” había dicho. Abrieron el candado y luego la chapa. Estaban adentro.

Lo primero que saltaba a la vista era el viejo tocadiscos conectado a una pequeña bocina que hacía juego, además de la caja de madera con los acetatos de “El Cantante”, Toñito apuntó en su libreta:

-14 discos acetato, todos de Lavoe. Tres de “Qué Sentimiento!”, tres de “De ti depende”, dos de “El Sabio”, dos de “La Voz” y los otros cuatro son copias únicas.

-Tocadiscos funcional marca Groningen, adaptado, una bocina externa.

-Silla (Pugin? no lo creo) de caoba o roble, negra, maltratada del barniz y la tapicería, cuero negro.

-Cuadro pintura familiar.

-Mesa pequeña de madera corriente, contemporánea.

En esa mitad del cuarto, no había más nada, todo parecía útil en cierta medida, salvo algunas de las portadas de los discos que estaban rayoneadas con una especie de plumón plateado y todas las fundas, que se veían amarillentas y muy antiguas.

Ahora venía la otra parte, la “recámara”, una cortina grande y pesada separaba ambos espacios de la misma habitación, esa cortina con borlas y copetes verde con dorado, dividía la intimidad más personal de Don Henrry, al otro lado estaba su historia y su legado.

Entre Clara y Toñito quitaron la cortina, desamarrando ambos extremos de los clavos que sostenían ese lazo que servía de cortinero, era increíble que se hubiera mantenido ahí por tanto tiempo, aferrada a dos miserables clavos incrustados en las viejas paredes.

El espacio estaba bien definido, una cama y un buró a cada lado de ésta, del lado derecho encima del buró, una lámpara y un libro: “La Hojarasca” de Gabriél García Márquez y del lado izquierdo, una caja de madera negra. Decidieron primero revisar los burós para ir descartando lo descartable y rescatando lo rescatable, iniciaron por la cajita negra, que contenía un montón de correspondencia que carta a carta replicaba una historia de amistad entre Don Henrry y…

-¡Clarita! ¡Ya viste quién es el remitente de todas estas cartas!

-¡Increíble! ¿Por qué nunca lo dijo?

-Es obvio. Nadie le hubiera creído y si alguien le creía, estaría en peligro por el simple hecho de conservar estas piezas, fechadas y certificadas por el correo, imagino que valen una fortuna.

-Supongo que sí. Condenado Don Henrry ¿Quién hubiera pensado que tenía semejante cercanía con él?

-Yo no, eso seguro.

Se pasaron horas leyendo la correspondencia de Don Henrry, Toñito estaba seguro de que Clara se sentía igual, una mezcla de sentimientos que hacían sentir por aquél viejito; envidia, incredulidad, vergüenza, admiración y hasta coraje.

Al final, las cartas que Don Henrry cruzaba con Héctor Juan Pérez Martínez (mejor conocido como ‘Héctor Lavoe’) describían una historia de amistad que empezó cuando Henrry en 1965 llegara a México agobiado por el abandono de su esposa, que lo dejó por un hombre más joven y (como decía alguna cita de la correspondencia) con más futuro.

Frases como “ánimo hermano del alma” y “mujeres hay pa’ tirar al cielo, coño” iniciaban esa amistad, descubrieron que Don Henrry escribió el esqueleto de la letra de la canción “Vagabundo” que Héctor recibiría en Nueva York en el año de 1970 (varios años después de haber sido escrita), luego ya con el permiso de Henrry, el arreglista Luis Cruz, dejaría la canción que conocemos hoy en día y que se publicara en 1981.

Descubrieron también, que Don Henrry era parte de un linaje Canario antiquísimo pero que nunca le interesó el dinero y la opulenta forma de vivir de su familia, él era un hombre sencillo que nunca comprendió ese afán de atesorar y almacenar bienes, como si la vida se tratara de las cosas y no las cosas de la vida.

Se enteraron de que Héctor le enviaba a Don Henrry, cheques periódicos para ayudarle, las cantidades nunca fueron mencionadas en la correspondencia, pero Héctor decía en una de sus cartas: “con eso te compras una casita, te vas de rumba y si me apuras, hasta zapatos pa’ un año te compras, jalao” así que supusieron que era un montón de dinero lo que El Cantante le mandaba al viejo ¿Qué hizo con todo ese dinero? Seguramente lo bebió, pensaron ambos, pero ninguno lo dijo.

Lo más impresionante fue saber que los discos con “garabatos” no eran tales, eran discos dedicados de su puño y letra por el Cantante a Don Henrry, que le enviaba cada que salían los nuevos LP’s y como un detalle para: “mi querido amigo y compañero de dolores”.

Ya habían revisado, leído y ordenado todas las cartas de la cajita negra, pero faltaba un elemento importante, ese cuaderno que Don Henrry tenía en las manos al momento de morir, Toñito lo había dejado en la cama ese fatídico día que lo encontraron, lo buscó y encontró debajo de un almohadón.

-Clara… mira, este cuaderno está lleno de números ¿Qué será?

-No tengo idea, Toñito. Pero parece importante, él se tomó la molestia de llenar todo esto, seguramente significa algo.

Toñito revisó el cuaderno hoja a hoja, toda la información venía en cuatro columnas llenas de números, el único patrón que descubrió, fue que algunos números incrementaban, a veces a saltos, otras veces un par de cifras nada más, ni en eso había lógica que pudiera indicarles de lo que se trataban esos números.

En eso estaba cuando llegó a la última parte del cuaderno, las últimas dos hojas eran de un texto recientemente escrito, con una pulcra caligrafía y perfecta ortografía ¿Lo había escrito Don Henrry? Clara y Toño rompieron en llanto al terminar de leer ese texto que dice así:

Breve Carta de El Vagabundo.

A usted, que tiene en este momento este pedazo de papel en sus manos:

Explíqueme ¿Cómo llegó ahí? ¿Cómo es que se encuentra en su poder? Espero que sea usted una persona de bien, porque tiene entre sus manos, toda mi vida.

Déjeme explicarle brevemente quién soy, tal vez así pueda comprender qué es todo este conglomerado de cifras sin sentido.

Mi nombre es Enrique Galicia Malacara, soy nacido en Ponce, Puerto Rico. Más concretamente en el barrio de Machuelo Abajo. Soy amigo de Héctor Juan Pérez Martínez y decidí salir de mi país porque sufrí un desamor, ahí es donde empieza el llenado de las hojas de números.

La primer columna es la cantidad mensual de gente que me vio mal o me hizo alguna grosería por tener pinta de vagabundo, es toda esa gente que me juzgó sin conocerme. Si mira bien usted, se dará cuenta de que son las cantidades más grandes de todo el documento. Así pues, aprendí que la gran mayoría de la gente juzga sin conocer, solamente basados en la impresión.

La segunda columna es la cantidad mensual de dinero con la que contaba, verá usted que a lo largo de mucho tiempo, fue creciendo poco a poco, con las limosnas que algunos me daban y a veces grandemente, con los generosos regalos de mi amigo: El Cantante. Que siempre quiso que yo abandonara esta vida de vagabundéz y recuperara mi antiguo estatus de “integrado en la sociedad”. Obviamente, eso nunca me interesó. De esa columna aprendí, que si uno es constante y disciplinado, no hay vicio que lo pueda vencer, cualquier persona puede cumplir sus sueños aunque le dedique a ello toda una vida de trabajo y carencias. Si usted es una persona honesta y de buen corazón, yo estoy a punto de cumplir mi sueño.

La tercer columna muestra la cantidad de amigos que fui haciendo a lo largo de mi camino, se dará cuenta de que durante mucho tiempo ese número no cambió. De esa columna aprendí que amigos hay pocos y no importa lo larga que sea una vida o la cantidad de aventuras que sucedan durante el trayecto, los amigos casi no cambian, son como tesoros que van emergiendo según uno vaya explorando. Si encuentra uno; cuídelo. Ponga especial atención en los momentos más difíciles ya que es ahí donde suelen aparecer.

La cuarta columna es la cantidad de veces que le hice un favor a alguien y me respondió “gracias”, como se podrá dar cuenta, pocas son las personas que agradecen la ayuda, pero no por eso deje de hacerlo, es necesario que exista gente ayudando a los demás, si cada uno de nosotros ayudara a una persona, el efecto sería muy positivo. Millones de nuevas relaciones reales emergiendo desde el núcleo de la sociedad. Le aseguro que notaríamos el cambio inmediatamente, así que por favor: no deje de intentarlo.

He terminado de describir las columnas de mi cuaderno, siento que mi vida está llegando a su fin y estoy contento porque algunas de esas columnas le dan esperanza a la gente, usted no pierda la esperanza, vea los números.

¿Recuerda que le dije que yo estaba a punto de cumplir mi sueño? Si mira al final de la segunda columna se dará cuenta de que logré reunir una importante suma de dinero, por favor: no la busque, me temo que si la encuentra, mi sueño de ayudar a alguien en una situación extrema no se cumplirá. Confórmese con saber que está haciendo bien las cosas y ayudando a un simple vagabundo a descansar en paz.

Le dejo en pago a su amabilidad, todas mis pertenencias; la silla negra junto al tocadiscos, fue diseñada personalmente por Augustus Pugin hace más de 170 años, si encuentra un valuador honesto, le darán sólo por esa silla, mucho más dinero del que ha visto o ganado en toda su vida. Úselo con cuidado, la abundancia puede ser la perdición de cualquiera, no me gustaría que por mi causa, usted cayera en la desgracia. Le doy un mejor consejo, si puede, compártalo con todo aquel que de verdad lo necesite. No venda las cartas de mi amigo, haga una fogata y reflexione cuánto sufrimiento puede soportar una persona y aún así, seguirse preocupando por los demás. Así era él, siempre una sonrisa, siempre tendiendo una mano y siempre siendo eso: amigo.

Me despido dejándole un último regalo, este sí: valioso e intransferible.

Escuche música siempre, cuando sienta que la vida lo ha abandonado, cuando piense que todo está en su contra, cuando crea que ya no vale la pena vivir: ponga música.

Enrique Galicia Malacara.

Clara y Toñito sonrieron con los ojos llenos de lágrimas, terminaron de ordenar las pocas pertenencias de Don Henrry y salieron de ahí sin haber siquiera mencionado el hipotético dinero, que se quedaba atrás… listo para ayudar a alguien que de verdad lo necesitara.

Como a los dos meses, Toñito encontró a un comprador en una tienda de antigüedades del barrio de Polanco. Tal como Don Henrry había dejado escrito; el pago por esa única silla maltratada, les daría para vivir tranquilamente el resto de sus días, Toñito conservó la licorera, Clara la cigarrera y ambos vivieron felices con su recuerdo. Los dos eran personas honestas y de buen corazón, tan es así, que el dato del dinero murió con ellos, no se lo revelaron a nadie jamás y se llevaron a la tumba el pequeño gran secreto de Don Henrry. El barrio también sufrió cuando Clara y Toñito murieron (en ese orden con un par de años de diferencia) porque a decir de la misma gente “eran los que más ayudaban a los necesitados”.

El Sueño de Don Henrry

Varios años después de la muerte de Henrry, sucedió un milagro. En el mismo cuarto que años atrás había habitado Enrique Galicia Malacara, se encontraban Adriana, una jovencita de a penas 15 años y su hijo, que por una casualidad del destino, también se llamaba Enrique y que contaba a penas 19 meses de vida.

El cuarto era húmedo, frío y afuera llovía a cántaros, el pequeño Enrique ardía en calentura, hacía menos de tres meses que el esposo de Adriana había sido detenido porque en la panadería en la que trabajaba se perdió un dinero y no encontraron a nadie más pendejo para echarle la culpa. La verdad era que Alejandro, no había robado nada.

Tal como Don Henrry había vaticinado, alguien en ese mismo cuarto necesitaba desesperadamente su ayuda. En un lugar horrible para vivir; cucarachas, chinches, humedad, nada qué comer, ni un centavo para comprarle medicina a su hijo, su marido injustamente preso. Desesperanza y un futuro negro por delante. Era todo; si su hijo fallecía, ella se iría con él, no lo iba a dejar ir solo.

¿Han escuchado la frase “darse de topes en la pared”? Esa fue la necesidad que sintió Adriana. Cayó de rodillas frente a la pared que antaño servía de recargadera para la cabecera de la cama de Don Henrry, comenzó a llorar con tanta desesperación, que sin darse cuenta, su llanto se convirtió en un terrible alarido, ¿Por qué a mi hijo? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mi esposo? Hemos sido buenas personas y todo lo malo nos pasa ¡¿Por qué?! Al terminar de pronunciar esas palabras, Adriana azotó su frente contra la pared en un gesto de desesperación límite, lo hizo con tanta fuerza, que se abrió un pequeño boquete en la pared, el recubrimiento de cal, remojado por la humedad, dejó al descubierto una imagen, que Adriana no podía creer.

De primera impresión pensó: “¿Me habré golpeado tan duro que estoy teniendo alucinaciones?”, así que metió la mano en el boquete y no, no era una alucinación: ¡Centenarios! Muchos centenarios, la fortuna de Don Henrry había sido descubierta, tal y como él quería: por alguien que no la estaba buscando y que tenía graves problemas en ese momento. El sueño de Don Henrry, se había materializado.

La familia de Adriana se recompuso, compraron una casita en la colonia Aragón, el pequeño Enrique creció para ser campeón nacional juvenil de natación y años más tarde, se graduaría como licenciado en Leyes. Alejandro puso su panadería a sólo media calle de su nueva casa y tuvieron para vivir felices por el resto de sus vidas. Los centenarios no se terminaron y Adriana resolvió hacer algo con ellos, así que en éste momento, en alguna pared, de alguna casa están ahí, listos para que otra persona necesitada y de buen corazón haga uso de ellos, tal como a Adriana le habría gustado, tal como Don Henrry, el Vagabundo, quería: que unos a otros, nos ayudáramos más.

Pepe Sosa.

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