CRÓNICA, VAGABUNDEANDO VOY, SOY VAGABUNDO

Don Henrry era el clásico vagabundo que hay en todo barrio; apestoso, harapiento, mugroso y con esa mirada que le hace pensar a uno que vive en una realidad distinta. Su nombre real era Enrique Galicia Malacara, aunque nadie lo sabía. Se le podía ver pidiendo limosna en Estanquillo, Libertad, Peralvillo y cuando traía ganas de caminar, hasta Gonzales Ortega o Florida.

Todo el barrio lo conocía por su peculiar manera de pedir limosna, siempre decía: “Hágan el paro, ya me pegó la voz de la inclemencia, la huérfana de amor, la llena de soberbia. Hermano, antes de maldecir prefiero con orgullo, ser simplemente eso: Un vagabundo”. Todos en el barrio identificaban enseguida parte de la letra de la canción “Soy Vagabundo” que interpretara Héctor Lavoe, pero en realidad nadie se puso a pensar que don Henrry pregonaba esas exactas palabras desde muchos años antes de que ese disco viera la luz, en 1981.

Había memorias de don Henrry cuando menos desde 1975, que pasaba por el mercado pregonando su preferencia por ser vagabundo antes de maldecir, aunque a decir de los habitantes del barrio, en aquel entonces don Henrry era un borracho más de los que se juntaban en “sal si puedes” y demás callejones dentro y fuera del barrio. El que solía ser el jardín de Fray Bartolomé fue testigo de sus muchas correrías, hay quien dice que era muy amigo del “chin chin el teporocho”, quién sabe.

Un mal día, Don Henrry no hizo su recorrido y alguien se dio cuenta; porque en el barrio parece que uno anda solo, pero no, nunca anda solo, siempre se sabe en qué anda uno; bueno o malo, siempre se sabe si le pasó algo y muchas veces hay hasta quién se preocupa, eso sí: hay que ser benevolente con el barrio, porque no cualquiera es sujeto de preocupación popular, para eso hay que tener ‘chispa’, carisma, sangre ligerita, pues. Y Don Henrry era uno de esos privilegiados.

-Mija ¿Has visto si Don Henrry pasó? Le guardé tres tacos y se le van a remojar.

-No ma, no ha pasado, deja le pregunto a Toñito.

Toñito era uno de esos señores tepiteños que llevan ahí toda la vida. Tenía su puesto de ropa usada en la mera esquina de Tenochtitlan y Peñón, ahí sentado en una vieja silla de madera que parecía ceder cada que Toñito se acomodaba en ella, veía pasar los días, los meses, los años y con ellos; todo lo que lo rodeaba, desde las calles que algún día estuvieron limpias y libres de basura, hasta la gente, que antaño fueron jóvenes trabajadores y lindas señoritas y hoy son “dones” y “doñitas”.

-Toñito, que dice mi mamá que si no ha pasado don Henrry.

-No, niña, no he visto a ese viejo cabrón, ayer me dijo que le dolía la cabeza, pero con esa vida que lleva, milagro sería que no le doliera nada.

-Sí Toñito, eso sí. Bueno, si lo ve, hágame el favor de decirle que vaya al puesto de mi mamá, le guardaron tacos.

-Perfecto Clarita, yo te lo mando si lo veo.

El día transcurrió normalmente; regateo, cambalache, cháchara, cotorreo, pipirín y a levantar el changarro, pero Toñito no se iba a ir así nada más, le dio mala espina cuando Clarita pronunció el nombre de don Henrry, y decidió ir al puesto de doña Clara a preguntar.

-Clara la prieta ¿Cómo anda?

-Bien Toñito ¿Y ese milagro? ¿Cuánto le debo o a qué se debe el honor?

-Cómo será, Clara. No, vengo por otro asunto, en la mañana fue su hija a preguntar por Henrry y desde que se fue, no me quedé tranquilo, como que traigo algo.

-No hay qué ser, Toñito, no empecemos con esas cosas.

-Pues no sé, pero ayer Henrry me dijo que le dolía la cabeza y me dio un mal presentimiento.

-¿Sabe en dónde vive? Sirve que le llevamos algo de comer y vemos si está bien.

Cayeron en la cuenta de que no sabían ni en dónde vivía Don Henrry, más de 30 años conviviendo diariamente y no sabían ni en dónde dormía. Preguntaron con los demás vendedores, con la gente de los locales y hasta se animaron a preguntarle a Octavio, un viejo policía que llevaba “cuidando” muchos años al barrio (aunque la verdad era que el barrio lo cuidaba a él) y nada, nadie sabía. Clara y Toñito se despidieron y cada uno se fue para su casa, no podían hacer mucho más, y como dice el viejo refrán: “mañana será otro día”.

Clara no pudo dormir en toda la noche, sentía una inexplicable angustia, le habló por teléfono a su mamá a ver si todo estaba bien, habló hasta con su hermano y no hubo novedad, pero la angustia no se iba. A las 5:30 de la mañana se resignó a no dormir y se levantó a preparar sus cosas, Don Henrry ya ocupaba casi todos sus pensamientos, luego de descartar cada cosa que le pudo haber provocado angustia, a Clara no le quedó de otra que pensar en Don Henrry, “pobre viejito, tan buena gente que es, espero que no le haya pasado nada”, pensó, aunque algo en su interior se lo decía. Sin darse cuenta ya se había bañado, desayunado y tenía todo listo para irse a trabajar.

Clarita se levantó y vio a su mamá sentada a la mesa desayunando huevo con frijoles.

-Ah, ya estás desayunando y no me invitas.

-No hija, no pude dormir y desayuné temprano, pero ahorita te sirvo.

Desayunaron casi en silencio, Clarita no quiso preguntarle a su mamá qué era lo que la estaba molestando, “siempre hay algo que la molesta”, pensó, así que para qué sacarla de su onda, lo mejor era ayudarle, apurarse y vender, así era como se le quitaba lo triste a su ‘jefa’.

Llegando a Jesús Carranza, Clara dejó a su hija encargada de montar el puesto, en lo que iba con Toñito, para ver si daban con Don Henrry.

-Buenos días, Toñito ¿Nada que pasa don Henrry verdad?

-Nada Clara, y no me lo va a creer, pero no pude pegar el ojo en toda la noche.

-El que no me lo va a creer es usted, yo tampoco pude dormir, me tiene muy preocupada don Henrry, vamos a buscar su casa o el lugar en donde dormía, seguro que ahí alguien nos puede dar razón.

-¿Y cómo? No sé ni por dónde empezar.

-Estuve pensando mucho en eso. Si hacemos su recorrido al revés y vamos preguntando, seguro que damos, todo el mundo lo conoce.

Y eso hicieron, Caminaron por Peñón hasta Santa Lucía, ahí les dijeron que el viejito siempre venía de Rivero, luego de pura casualidad, se enteraron de que a Rivero siempre entraba por Peralvillo y preguntando por todo Peralvillo dieron con el dato de que Don Henrry entraba a esa calle viniendo de Granaditas, ahí se perdía el rastro real, porque a Granaditas se puede llegar por República de Brasil o Argentina, por Aztecas o por Florida… Recordaron que cuando el viejo tenía ganas de caminar, se le veía por esas calles, en una de esas tantas pláticas breves, a veces don Henrry comentaba que “en Florida ya casi no hay por dónde caminar” o que “en Gonzales Ortega casi me atropella un vocho”, se dirigieron hacia allá y una señora que vende jugos, les comentó que a veces lo veía en Manuel Doblado, pero del otro lado de la calle. Seguramente de ese lado es que iniciaba su recorrido.

Caminaron no menos de tres horas, preguntando y buscando, en efecto, mucha gente conocía al viejito que prefería ser vagabundo a maldecir, pero nadie sabía dar un dato en concreto acerca de dónde dormía o en dónde lo podían localizar, hasta que se le prendió el foco a Toñito y le ofreció cincuenta pesos a un grupo de niños, el primero que diera con el dato, se ganaba el billete. No tardaron ni quince minutos, cuando un niño llegó corriendo, con la felicidad en la cara y les dijo: “ya sé en dónde vive, síganme”.

La casa de Don Henrry estaba en la calle de Miguel Alemán, una pequeña calle que antes de Vidal Alcocer se llama “Héroes de Nacozari” y después de Leona Vicario se llama “República de Venezuela”, la entrada no parecía serlo, era un local en el que se vendía ropa de mujer, Toñito y Clara se presentaron:

-Buenos días, somos comerciantes de Tepito y nos han dicho que aquí vive don Henrry.

-Sí, allá al fondo ¿Ustedes son sus hijos?

-No, somos… unos amigos.

-Sí son sus hijos no me interesa, pero no sean ingratos, el pobre señor lleva como una semana muy enfermo y no vienen ni a tirarle un chícharo, antier llegó temprano porque se sentía mal y ayer no lo vi salir, creo que sí anda malito, dense su vuelta cuando puedan.

-Le digo que no somos nada de él más que amigos, y nos extrañó que no pasara, por eso nos dimos a la tarea de encontrar su casa, venimos preguntando desde Peñón, por allá.

-Sí, le gusta mucho el barrio de Tepito, dice que ahí nunca se aburre, siempre hay algo qué ver y gente con quien platicar.

-Entonces ¿Podemos pasar?

-Claro, pasen.

Clara y Toñito se fueron al final del local, en el que había una puerta corrediza, la abrieron y tuvieron ante sí, un panorama completamente diferente, como entrar al pasado. Un largo pasillo que de cada lado mostraba puertas y ventanas, al fondo, una especie de pequeño departamento, que se notaba era parte de lo que antes había sido una gran casa ahora seccionada, del lado derecho también había unas escaleras que llevaban a la parte superior de aquella casona. “En la puerta del fondo” les dijo el encargado del local de ropa y cerró la puerta corrediza.

Clara caminó hasta la puerta del fondo, tocó pero nadie respondió, insistieron durante diez minutos, cuando de pronto la puerta de enfrente se abrió.

-¿Sí?

-Hola, somos amigos de Henrry y venimos a verlo, a ver si está bien.

-Pues no sé, oiga, porque Henrry en las noches siempre pone su música y ayer ni un ruido, creímos que no estaba.

-¿Música?

-Sí, pone a ese cantante de su tierra, ese flaco de lentes… Héctor, creo que se llama.

-¿Héctor Lavoe? ¿De su tierra? ¿Qué quiere decir con eso?

-No me diga que no sabe, Henrry no es mexicano, él llegó aquí hace muchos años, allá por 1965 o eso dice y cada que escuchaba a ese cantante ‘lambó’ se emociona mucho, todos los días, desde que soy chamaca, lo pone en la noche. Cuando andaba bien ‘jarra’ decía que él le había regalado una canción a ese cantante, porque cuando su esposa lo abandonó, ese cantante lo ayudó a sentirse mejor.

-Señora, de verdad que me está hablando usted de otra persona, Henrry nunca nos contó todo eso, cuando andaba tomado contaba chistes y ponía apodos, pero nunca hemos platicado con él de su vida.

Toñito se sintió extraño, ajeno a esa situación, como si no fuera su deber estar ahí, don Henrry tenía a esa gente que sí lo conocía, con la que platicaba de su vida y compartía detalles… Pero por otro lado, si él ponía diario esa música y la señora esta no sabe ni quién es el cantante, no se comunicaban mucho, es un dato básico…

Los pensamientos de Toñito se regresaron al presente cuando la señora del departamento de enfrente les ofreció abrirles la puerta.

-Entonces ¿Usted es la portera?

-No, yo vivo aquí, pero tengo llave del cuarto de Henrry, tengo llave de todos los cuartos, no me pregunte por qué.

-De acuerdo. Si me hace usted el favor.

-Favor no, le cobro… cincuenta pesos.

-Oiga señora, Henrry es su amigo, no sea así, venimos a ver si está bien…

-¿Amigo? Si casi no hablábamos, todo lo que sé de él es que ponía música diaria y que le contaba a los niños que el cantante era de su tierra y todo eso, creo que la única vez que cruzamos más de dos palabras, fue esa en la que me contó lo de la canción o no sé qué cosa, no recuerdo muy bien, fue hace mucho.

-Muy bien, si me hace el favor.

Toñito pagó la cuota y por fin apareció la llave, la vecina no quiso entrar, se limitó a abrir la puerta y decirles “con cuidado, porque si no está, me voy a meter en un problema”.

El cuarto era completamente diferente a lo que Clara y Toñito habrían podido imaginar; estaba ordenado, hasta cierto punto limpio y “decorado” de una forma muy curiosa, del lado derecho, había un sillón individual, una pequeña mesa y encima de ésta, un tocadiscos. Al lado del sillón una caja de madera llena de acetatos del mismo cantante: Héctor Lavoe, algunos estaban repetidos dos y hasta tres veces, la parte izquierda del cuarto se encontraba dividida por una cortina, supusieron que del otro lado se encontraría la cama de Henrry. Era muy extraño idealizar a ese viejito vagabundo en ese cuarto, simplemente “no pegaba”, pero la vecina les había confirmado que vivía ahí solo y cuando les abrió la puerta llamaron y nadie respondió, así que seguramente no estaba, grande fue su sorpresa cuando corrieron la cortina.

Ahí yacía Don Henrry, no había alcanzado a llegar a su cama. Se encontraba boca abajo a un costado de ésta, sosteniendo en las manos lo que parecía ser un viejo cuaderno de amarillentas hojas.

Cuando hay un muerto suceden varias cosas; el susto, la impresión, la policía, los gastos funerarios. En ese orden y alguien se tiene qué hacer cargo de lo último o el penúltimo te lleva detenido. Como es costumbre en el barrio; todos se cooperaron para la caja de Don Henrry, se junto muy buena lana, así que con lo que sobró compraron flores y chupe, porque a don Henrry le gustaba tomar ¡Pues tomen todos! A su salud, claro.

Los encargados de todo el merequetenge fueron Clara y Toñito, ellos lo extrañaron, lo buscaron y lo encontraron. La policía no vio nada raro y el forense dijo que había sido muerte natural. Porque es natural que si no comes y bebes alcohol durante tantos años, te mueras.

La música de Héctor Lavoe, nunca había sonado tan fuerte en el barrio y eso que es uno de los hijos pródigos. Esa noche se cantó y se cantó duro en honor a la memoria de un viejito que prefería ser vagabundo en vez de malcedir, esa noche un vagabundo ascendió al nivel de leyenda en Tepito, esa noche todos brindaron a la salud de Don Henrry, el vagabundo.

La Leyenda del Vagabundo

En éste punto de la historia, la realidad se tergiversa y aparece lo fantástico, lo maravilloso. Hemos sido testigos de una dulce tragedia, nadie merece morir solo y abandonado, aunque al morir ascienda al nivel de leyenda. No obstante, en realidad Don Henrry no había muerto solo y abandonado, su familia tenía treinta años queriéndolo localizar, siempre se negaron a darlo por muerto y no cejaron en su empeño hasta que la noticia los alcanzó allá, en el barrio de Machuelo… Ponce… Puerto Rico.

Una noche, Machuelo y Tepito se unieron en una pena: “Nadie sabe lo que tiene, hasta que lo ve perdido”, reza el viejo refrán. Y así fue, miles de anécdotas y buenas acciones de Don Henrry salieron a la luz, la gente se dio cuenta de lo que el barrio había perdido cuando empezaron las historias: “A mí una vez me ayudó cuando se me caía el puesto, de no haber sido por él, quién sabe si la cuento” o “Recuerdo que mi papá andaba bien torcido, Don Henrry nos prestó trescientos pesos, con eso compramos mercancía y nos levantamos de nuevo, vete tú a saber de dónde sacó tanto dinero para esa época, mi papá sólo decía que estaba seguro de que no se lo había robado”, ya hablando de rateros, una de las historias favoritas de todos: “Una vez picaron a Henrry en la mera panza, casi se nos muere y todo porque un cabrón le quiso robar el monedero a Sarita, la del 66 de Rivero y Henrry pretendió detenerlo, el cabrón viejo le quitó el monedero, le dijo “chavo, en vez de estar robando, deberías de estar trabajando” y ¡ZAZ ZAZ! dos piquetotes por metiche” y así, palabra tras palabra, se fue armando un hombre cuyo único pecado era ser un vagabundo, al final del velorio las lágrimas sinceras corrían, era la despedida de un grande; pero sin el lujo o el glamour de los prósperos comerciantes, los famosos boxeadores, los exitosos ladrones o los mamilas escritores. Era el adiós a un gran ser humano, cuánta falta nos hacen esos ¿A poco no?

El entierro fue como cualquier entierro, la gente acudió en masa a despedir a don Henrry, si uno veía de lejos el cortejo, parecía que se había muerto un diputado y no un triste vagabundo, pero con la diferencia de que en esa caja iba un hombre y no un intento, don Henrry era un hombre solo, sin familia, así que cada una de esas personas, hicieron suyo el dolor. Qué bonito es cuando algo así sucede, cuando una persona deja atrás todo ese cariño, respeto y reconocimiento, qué irónico que un vagabundo nos viniera a enseñar cómo se hacían las cosas.

Luego de eso, el barrio vuelve a su ritmo, todos a lo suyo, salvo Clara y Toñito, que habían quedado muy formales de ir a sacar todas las cosas de don Henrry, porque había pagado ese único mes y si no sacaban las cosas, las iban a tirar a la basura. Cuando lo encontraron, se dieron cuenta de que las pertenencias cabían en una caja de huevo, así que no debería ser muy difícil o tardado, lo que nadie esperó, fue lo que sucedió a continuación, lo que le terminó de dar el carácter de místico al viejito y por lo que a día de hoy se le recuerda en el barrio, su último y mayor legado.

Si quieres conocer la leyenda del vagabundo, no te despegues de El Tepitazo. Aquí finaliza la crónica de Don Henrry si lo quieren ver así, como un humano sobresaliente, pero inicia la leyenda divina de “El Vagabundo”.

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Pepe Sosa.

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