CRÓNICA, EL VELORIO DE UN REBELDE

Domingo 6 de Marzo, 5:50 de la mañana.

Luego de una jornada de escritura,lectura, un poco de aprendizaje y mucho ocio Juan se acuesta a dormir, ha estado soñando todo el mes con un curioso hecho, le llega un mensaje a su teléfono móvil en el que únicamente pone “hijo, tu padre ya falleció” y nada más, ese sueño recurrente lo despierta violentamente y lo obliga a abrir el teléfono y revisar, diario sin falta desde hace un mes lo hace, se queda tranquilo porque sólo fue un sueño y luego ya no puede dormir. Hoy será diferente porque caerá rendido y despertará con calma por la tarde.

Domingo 6:22 de la mañana.

Llegan tres mensajes a su teléfono móvil:

Hijo márcame

un minuto después:

Hijo márcame por favor

19 minutos después:

Juan márcame

Completamente dormido no se enteró, más adelante se lamentará tanto no haber dormido esa noche e irónicamente no haber dormido esa noche le quita el sueño todas las noches siguientes.

Domingo 9:46 de la mañana.

El ruido y la vibración del teléfono lo hacen saltar, lo sabe pero no lo quiere creer, mira la pantalla y es su esposa, justo en ese momento se corta la llamada, no le dio tiempo a responder y ve dieciséis llamadas perdidas, un vuelco en el estómago y el corazón comprimido, “ya sucedió” piensa, enseguida vuelve a saltar el teléfono, una llamada más de su esposa.

-¿Bueno?

-Espérame…

Del otro lado de la línea se escucha cómo su esposa le pasa el teléfono a alguien y en cuanto escucha la voz lo sabe, ahora sí lo sabe con certeza.

-Hijo, tu papá ya está descansando.

-…

-Hoy por la mañana, así que ya, tranquilo, aquí te esperamos, no quiero que te aceleres, vente con calma y aquí nos vemos.

Siente el cuerpo flojo, como en un sueño, a pesar de haberse preparado para ese momento, lo abruma la noticia.

-Sí ma, ¿Cómo estás tú?

Él considera importante preguntar cómo está su madre; cuando alguien se encuentra enfermo, todos preguntan cómo está, cómo sigue, si va mejorando y cosas por el estilo, nadie le pregunta a los que lo rodean si están bien, si requieren algo y una enfermedad acaba con todos, siempre hay un protagonista, pero todo lo que le rodea se llena de cansancio, soledad y frustración.

-Bien hijo, tu padre ya está descansando.

Luego de esto vino una conversación que Juan no recuerda bien, se dijeron cosas y quedaron en acuerdos, pero su mente estaba en blanco, sólo una cosa puede recordar de todo eso: “ya no tengo papá”.

Domingo 12:00 del medio día.

Pocas veces en su vida había sentido tal pesar, se equivocó en casi todo, a partir del momento de la noticia, las cosas fueron confusas y al día de hoy, todavía no sabe cómo es que apagó el boiler o cómo aseguró la puerta, cómo aseguró las ventanas o metió los perecederos al refrigerador, sencillamente no recuerda nada.

El viaje en camión duró lo justo, cuatro horas y media, luego un taxi lo llevaría hasta Doctor Jimenez; la vida no se cansa de jugarnos ese tipo de bromas crueles.

Baja del auto y no sabe qué hacer, no sabe qué sentir, no ha llorado y cree que al ver a su madre de cerca se romperá, pero tiene qué ser fuerte, es un apoyo para ella, no un lastre. Cruza la puerta del velatorio, sube las escaleras y ahí empieza a reconocer caras, algunas personas le saludan con un gesto, otras lo miran con cara de “pobrecito, estoy contigo”, aunque sabe que no les interesa de verdad, sólo quieren empatizar, tal vez los más sinceros sientan un poco de dolor y los que de verdad lo entienden, son los que han pasado por eso.

Mira a todos lados y por fin la ve, está ahí.

-Mamá ¿Cómo estás?

-Bien hijo, qué bueno que ya llegaste.

Le da un abrazo con el que pretende decirle todo eso que no le sale decir, su educación siempre fue parca, no le enseñaron a expresar sentimientos y lo agradece, tampoco le gusta hacerlo, aunque demostrarlo es otra cosa, hoy se dará cuenta de que la gente tiene una necesidad patológica de hablar basura, ojalá entendieran que el silencio y los hechos dicen mucho, mucho más que las palabras.

-Llora hijo, no te guardes nada.

-No, estoy bien.

-Ay hijo…

Extrañamente el abrazo de su madre le provoca ese nudo en la garganta pero resiste y se controla, respira profundo y saca la presión por la boca (ahora en forma de aire), toma el control de su situación y reagrupa el temple. Estoy bien. Estoy bien.

Su madre lo obliga a saludar a gente que no quiere saludar, en realidad no quiere hablar con nadie de nada, pero hay que ser educados, así en la vida como en la muerte, la gente se acerca y algunos hasta sonríen ¿Cómo te sientes? le preguntan. Siente ganas de responder “¡Excelente! No es que mi padre haya muerto ni nada”, aquel que dijo que no hay pregunta tonta seguro nunca pasó por algo así, “que cómo me siento, vaya una pregunta pendeja”, piensa, pero de nuevo calla, a su madre no le gustaría que fuera descortés en el funeral de su padre y lo entiende perfectamente, no le dará más problemas, suficiente tiene ahorita.

Saluda y sonríe, abrazo y repite, saluda sonríe abrazo y repite, mecánicamente responde “bien, tranquilo” a todos, ¿Cómo te sientes? Bien, tranquilo. Tiene el cogote lleno de sarcasmo, su mecanismo de defensa favorito. Pero hoy no, hoy es: “saluda, sonríe y abrazo” nada más.

Ojalá alguien le hubiera dicho a esta gente que se mantuviera alejada´; mi padre ha muerto, no quiero estar escuchando si tus hijos son brillantes deportistas, bailarines o si se dedican a moldear su cuerpo ¡Por dios! No quiero escuchar en dónde trabajas, lo buena que es mi madre, lo excelentes hijos que somos mi hermano y yo ni nada de eso; quiero estar en silencio pensando en que hoy murió mi padre, qué es lo que sigue para mi familia, de qué forma puedo ayudar a mi mamá, quiero estar solo, pero no. Saluda, sonríe, abrazo.

Su padre se lo había dicho antes de morir, de hecho, años antes:

“Cuando me muera, van a venir una bola de hipócritas a decirles que yo era muy bueno, que yo era el mejor, ya sabes, como cuando cualquiera se muere, porque todos cuando nos lleva la chingada, somos re-buenitos, pero cuando estamos vivos, somos unos hijos de la chingada.”

Y el vaticinio se cumplió; al menos en parte, no sabe si la gente (del mundo de su padre, los que no son directamente familiares) que fue al funeral son “una bola de hipócritas”, es bien cierto que sí, algunos lo parecen, se ríen y platican como si estuvieran en el parque, algunas jovencitas hasta se vistieron como si fueran a buscar novio al antro, no lo propio para un funeral, pero es también un clásico, cuando alguien se muere, hay que sacar a pasear al dolor y “lo mejor” de uno mismo.

Y así pasa el tiempo, desfile de celebridades, esos familiares que sólo se ven cuando son eventos especiales. Nunca nos vemos y no tenemos contacto alguno, pero hoy, hoy estamos unidos… Jajajá una disculpa querido lector, no pude evitar la risa y quise compartirla con usted.

Cae la noche del domingo, hay quien hizo un descomunal esfuerzo y se quedó, hay quien vino desde la otra punta del país y eso se agradece, es muy curioso cómo funcionan las cosas, mucha gente que lo tenía ahí a escasos diez minutos nunca lo veía y otra gente que estaba a horas y horas de camino se presentó.

Al tener más tranquilidad fue inevitable que Juan cumpliera con uno de los protocolos más comunes hoy en día, entrar a revisar sus redes sociales, aunque lo hizo por el simple hecho de hacer algo, ya que él no publicó nada relacionado a su padre, se le hace una tontería por dos razones: la persona que falleció no va a leer lo que le pongas, así que tus “te vamos a extrañar” o “sabes que te quiero mucho” son completamente inútiles, banales y ridículos. Y la segunda; él sabe que la gente sólo publica esas tonterías en sus redes sociales para llamar la atención, obtener protagonismo y que todos se enteren y le digan “ay, pobrecito”, en casos muy extremos se atreven a responder “estoy bien” o “inbox”. Simplemente patético.

Y llegó la mañana, Lunes a alguna hora.

Era el día, se acercaba la hora de despedirse de verdad, de no tener ni el cuerpo presente para poder acercarse a decirle algo, simplemente para vaciar esa asquerosa e inevitable sensación de culpabilidad que nos queda a todos cuando un ser querido se va. ¿Pude hacer más? Seguramente sí. ¿Le quedé a deber en muchos sentidos? Por supuesto que sí, era mi padre. ¿Me arrepiento de muchas cosas? Claro. ¿Sirve de algo que me torture? Definitivamente no. Si tienes culpa, habla con el corazón y trabaja para ser mejor con los que se quedan, eso es lo que hubiera deseado el ser querido que se adelantó, poco más se puede hacer.

Empieza a llegar la gente, muy bien vestida, muy correcta en sus formas y modos, ya desde el día anterior hubo quien hizo del hecho todo un espectáculo, pero hoy, hoy se voló la barda, no hay excusas, no se vale el “así son ellos”, no se vale el “así le gustaba a tu papá”, es cuestión de respeto, porque como ya mencioné antes, al que se va nada le interesa, ya se encuentra en otro plano, para los religiosos está en el cielo o el infierno, para los ateos ya no está, para los agnósticos (como Juan) puede estar en un plano diferente en otra realidad o no. Pero una cosa es cierta y casi palpable, aquí ya no está, así que el espectáculo fue innecesario.

El padre de Juan le comentó a su madre antes de irse que quería mariachis para despedirlo, algo muy mexicano y que puede llegar a generar sentimientos tan potentes y encontrados que en lo personal no lo recomiendo, es como juntar agua y aceite a la fuerza, el folclor de los músicos y el dolor de la muerte generan una combinación tan poderosa que rompe al más fajado, las letras de las canciones que supuestamente deberían hacernos felices, desgarran el alma y la dejan marcada para el resto de la vida, uno no puede volver a escuchar esas melodías sin recordar ese exacto momento en el que perdió a su ser amado, lo que debería traer alegría, trae tristeza y el recuerdo es imborrable, es como marcarse con un hierro ardiente la piel, puede llegar a sanar, pero jamás volverá a ser la misma.

En eso estaba Juan, muy sereno y tranquilo, asumiendo su papel de apoyo a su madre y su hermano, que (Juan sabía) sufriría la pérdida con un poco más de intensidad porque habían convivido más y compartido mucho más, los dos jóvenes le habían dado satisfacciones a su padre, cada uno en su ámbito, pero Juan sabía ciertamente que las satisfacciones más grandes se las había dado su hermano, así que él lo iba a sentir más, debía ser su apoyo, debía mantenerse sereno, con temple de acero. Los sentimientos colectivos son como un castillo de naipes, si una carta se viene abajo, todo el castillo se desmoronará, Juan pretendía ser parte de la base, estar ahí para su madre y su hermano, pero oh, la imprudencia llegó al velorio.

El hermano de su padre al que llamaremos “Marcos”, tenía que salir con una de las suyas, Juan se dio cuenta que cuando llegó el mariachi, Marcos empezó a transformarse de: “ridículo queriendo llamar la atención” a “patético que quiere montar un show en el velorio de su hermano”, así que alzó la voz:

-Oye, no vas a conectar esas bocinas y ese micrófono ¿Verdad?

-Es que si no, no me voy a oír. (leyó bien querido lector, es que si no, no se iba a oír)

-No pero esto no es una fiesta.

Lo que pasó después ni el propio Juan lo sabe, sintió al menos a cuatro personas tratando de detenerlo, pero de detenerlo ¿De qué? Él no estaba alterado ni había levantado la voz, simplemente expuso su punto, si quieres “que te oigan”, vete a cantar a otro lado, esto es un velorio, el de tu hermano de hecho, compórtate como un hermano y respeta, aunque no usó esas palabras, simplemente dijo “esto no es una fiesta” y eso fue suficiente para desatar un pandemónium, como Juan había estado actuando con prudencia, decidió “caerse”, no discutir y dejarle la decisión a su mamá, estaba seguro de que ella lo apoyaría.

-No hijo, es que no se va a hacer lo que yo diga, se va a hacer lo que digan ustedes (refiriéndose a Juan, su madre y su hermano)

-Sí sí sí sí, se va a hacer lo que diga mi mamá.

-Por eso hijo, lo que ustedes digan.

-Pues por eso, ni lo que diga yo, lo que diga mi mamá.

-Sí, que lo conecte.

-¿Ya ves? Ya dijo que sí, ve y conecta tu desmadre.

Juan sintió como si le hubieran sacado las entrañas y en su lugar hubieran dejado carbón ardiente, el coraje que sintió se sumó a la tristeza de haber perdido a su padre, tantos y tantos recuerdos le vinieron a la mente en ese preciso instante, aquellas noches que no pudo dormir bien porque en su casa estaban “cantando”, tantas noches que su padre no llegó por quedarse a “cantar” en quién sabe dónde, tantos domingos que pudieron pasar en familia pero prefirieron “cantar” y embriagarse, esos partidos de fútbol a los que nadie lo fue a ver porque estaban crudos o enfiestados todavía y en general todas esas situaciones que tuvo que soportar por imprudencia, por puta imprudencia solamente.

Juan explotó, no pudo más..

Nota necesaria: Cuando Juan me estaba contando ésta parte de la historia se le rozaron los ojos y no pudo continuar hablando, se le salieron dos lágrimas de coraje y me dijo: “No mames, Pepe, si no hubiera llorado en ese momento, estoy seguro de que me da una parálisis o un infarto, carnal. Neta nunca en toda mi puta perra vida había tenido tanto coraje y mucho menos me lo había tragado, de haber tenido una pistola en ese instante, cuidado le pego un tiro a alguien o me lo pego yo, no estoy acostumbrado a estarme aguantando las cosas.” No sé si será cierto, pero la intensidad con la que me dijo esas palabras, la mirada en sus ojos, las lágrimas que aún le salen del puro coraje, me indican que el momento fue altamente estresante, va a necesitar tiempo para asimilar lo que sucedió.

… afortunadamente la gente a su alrededor tomó su sincero llanto por el llanto normal de un hijo perdiendo a su padre, si bien era eso, no lo era completamente, Juan dejó que todo pasara y pasaron cosas, muchas cosas.

El mariachi empezó con “A mis enemigos“, canción que hiciera famosa el finado Valentin Elizalde, todo estaba lo bien que se puede esperar en un velorio cuando Marcos el “cantante” tomó el micrófono y empezó a lucirse (como siempre) no se sabía la mitad de la letra y la canción quedó en un absurdo intento, las que vinieron a continuación no fueron tan diferentes, Marcos el “cantante”, tuvo la cara de invitar a ladraraullargritarbramarberrear, “cantar” a cierto amigo del padre de Juan, el ruido era increíblemente molesto, no tengo palabras para describir lo insensato de ese hombre, por la forma de actuar de estos sujetos,tal parece que el padre de Juan se rodeaba de personas hambrientas de atención y protagonismo, si alguno de ustedes está leyendo estas líneas: vaya a un psicólogo, usted necesita ayuda urgentemente, si usted fue el “cantante” invitado, vaya con un psicólogo y luego vaya a que le remuevan las cuerdas vocales, tiene usted la voz más horrible de la tierra, está impedido físicamente para entonar melodía alguna, acéptelo y por favor nunca, jamás, vuelva a “cantar” en ningún lado y bajo ninguna circunstancia. Gracias, la humanidad que escucha se lo agradece, a los sordos les da lo mismo.

Aquí Juan llegó a un punto crítico, donde ya no había retorno, dejó que los payasos esos hicieran su show, a Marcos el “cantante” lo único que le faltó (literal) fue poner tarjetas de presentación en el ataúd de su hermano, para que los dolientes tomaran una cuando pasaran a despedirse, más tarde comentaría Juan que si él muriera antes que Marcos el “cantante”, obligaría a su hermano a apostar un guardia armado en la puerta para que le negaran el acceso, y que ese show no se volverá a repetir jamás. Lo dijo con fuego en la mirada, así que si usted querido Marcos el “cantante” lee estas líneas, le recomiendo no intentar hacer show, ya lo vetaron del velorio de su sobrino, no se busque más problemas.

Terminando el show, Juan abrumado por la pérdida abrazó con fuerza a su hermano y a su madre, los tres salieron a no se sabe qué, supongo que a estar solos, aunque nunca faltan los imprudentes y metiches que quieren un poquito de aquello, Juan no recuerda qué pasó a continuación, la cosa es que el personal del velatorio se llevó al papá de Juan a su destino final y es aquí donde termina la crónica del velorio de un rebelde.

A mi padre:

Nunca te dije muchas cosas, no soy expresivo, cariñoso ni tolerante, desde que nací tengo un carácter muy feo, tan es así, que le mordí una teta a una de tus compañeras de trabajo cuando a penas era un niño de dos o tres años, y todo porque no me dejaba de cargar, luego conforme fui creciendo empecé a trazar un camino que desde el principio se vio, iba a ser contrario al tuyo, a mí no me gustó la gimnasia y así te lo hice saber, respetaste mi decisión aunque no te gustó y siempre te lo agradeceré.

Supongo que es por eso que nunca entendí tantas cosas de lo que yo llamo “tú mundo” o “tú otra familia”, no lo digo peyorativamente, me da mucho gusto que tanta gente haya querido (y siga queriendo) a mi padre, pero así me sentía, muy separado de ti; “como en otro mundo”. Revisando las publicaciones de tus amigos, encontré una constante, no recuerdo exactamente quien, pero uno publicó: “siempre que hacía barra, era el profe el que me cachaba”, y me identifiqué porque así era tu carácter, porque así eras tú, seguro de manos y siempre estabas ahí cuando uno ya se iba a romper la madre contra el suelo, sé que tenías fama de buen cachador y créeme, nunca me dejaste caer, no importando qué, ahí estuviste para detenerme cuando me iba a hacer daño, supiste darme libertad para aprender de la vida pero sin descuidarme y justo cuando la cosa ya se iba a poner fea: me cachabas. Todo lo demás que tenga que decirte, lo haré de otra forma, hablando desde el corazón hasta el cielo, honrando tu memoria cada que corrija a mis hijos o les cuente algo de ti, cada que ayude a algún desconocido (como tú hacías), o sonriendo cada que alguien diga que es muy “Rebelde”.

Hasta siempre, Papá.

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Pepe Sosa.

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